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Carta a Tomás Estrada Palma

Republicano y fundoroso Tomás Estrada Palma:
Ahora todo el mundo la coge con usted, porque fue el primero en el experimento. Eso es lo malo de ser pionero, pañoleta y matutino aparte. El primero es el que lo agarra todo patas arriba, no sabe por dónde entrarle al aguacate, y aunque se vire para primera, no hay coach a esa hora y se escoacha. Aunque ya usted había estado un poco en el ajo allá por marzo de 1876, en pleno monte. Una República de Cuba en Armas no es lo mismo. Y menos para entrarle desarmado. Por muy ensayo de lo que puede venir luego, allí en la bejuquera estaba el guantutrí cojan puestos, y los letreritos de no pisar al Céspedes, y que si Cisneros Betancourt, y que dónde va Vicente, y la invasión y la trocha, y que si Mal Tiempo y todas las Guásimas que sucedían. Una República montaraz donde se monta todo el mundo a la bartola (Lo dicen hasta las Sangradas Escrituras: «No montaraz al prójimo ni a su mujer»). En fin, que aquello era un potrero. Patriótico y todo, pero yerbazal hirsuto y con una vacuidad repleta de vacas. En el guirigay se hizo la marchita para Guane, una herencia con la que hemos cargado. Fue una mala inversión de Oriente a Occidente.
De modo y manera que aquel 20 de mayo de 1902 fue, en vivo, en directo y a todo color, la primera transmisión del invento republicano. Porque si en Cuba le ha caído en la cabeza un 20 de mayo a alguien, fue a usted. Se lo digo de corazón, a pesar de que yo no soy nadie ni ninguno para meterme en eso, sino todo lo contrario. Ahora bien, y me guardo el corazón, que esta conversación no debe ser cardiovascular, todo el que empieza de cero, tiene sus troques, su tropiezo bobo, su perdición en el llano. Por lo menos para echar a andar la empresa, que ni los cuños están hechos, ni se legisla con claridad cristiana, ni el Senado ha cenado, y un Presidente no está como para andar mojando el dedo en tinta y marcando sus cascos en los decretos.
Pero tuvimos República. Después de casi cuatro siglos con la ZETA a cuestas, se pudo uno tragar las ESES en cubano puro, claro que con la interesadísima ayuda y empujón de los yonis, y su aire de cowboys de a ver quién se la saca primero. Y estoy hablando de las armas. Esta profunda reflexión me hace flexionar más sobre el detalle: una República pasada por las armas —aunque más tarde la fusilaron de verdad, como le contaré, si tiene paciencia presidencial— marca profundamente lo que científicamente se llama «la indiosingracia» que padecemos. República en Armas primero, con su constitución muscular o sus constituciones apelotonadas y urgentes. Y más tarde, fruto de una intervención nada quirúrgica, donde el Almirante Cervera comenzó a odiar el paisaje de la bahía santiaguera, deja sus cicatrices. De tanto fruto, el mango quedó rasante, estructurado a lo Nelson Ned.
Fíjese en lo que puede hacer ese armamentismo en nuestra arma pura: el metafórico lenguaje del cubano es explosivo, fusilero, dinamitero. TNT concentrado. Cuando los frijoles quedan duros, decimos que parecen perdigones. Y si nos hacen daño indigestándonos, soltamos eso de: «Ño, ese potaje me cayó como una bomba». Cortejar a una dama se expresa como «preparación artillera»; declararle el amor es «dispararle». Pedir dinero es «sablear». Y se solicita un cigarrillo de esta manera tenuemente militar: «Monina, pásame una bala» (los hay más decenticos, que intentan disfrazar la picada suavizando la cosa, y entonces dicen: «Primo, ¿tienes un balita que me prestes?»). Y ahí no para la guerra. Empeñarse en un proyecto es «coger batalla» o «coger lucha». Y para qué contarle, luego de «meterle bala» a una mujer, si ésta acepta, nos la «llevamos en la golilla». Y «se le da tafia». El resultado final, lo que en cualquier sociedad campesina normal sería «llevarse al huerto» a la fémina, o «hacerle el pespunte» en esa hermosa metáfora de corte y costura, en el invento que usted echó a andar tiene un lenguaje tabaquero guerrerista. Consumado el amor no se nos ocurre otra cosa que decir: «Le pasé la chaveta». Cerrar cualquier asunto es «darle el tiro de gracia». Y en toda purga se pide «paredón pa’l cocodrilo». ¿No le jode a usted?
Con la venia de la sala, su excelencia, voy a seguir enumerando: servirse comida en demasía es «echarse un buque», que por ahí viene la Armada. Pegarle a un semejante con la mano abierta, que en etrusco antiguo significa «dar un gaznatón», y en celta más moderno es «dar una hostia» —y que en guajiro normal de cualquier tiempo es tan simple como «sonar un pescozón»—, el cubano en armas lo expresa con un homenaje a la Fuerza Aérea: «Le bajé un avión al tipo». El habitante de nuestra Isla, republicano o desrepublicado por fuerza mayor, sumergido ahora en baño de María en una «batalla de ideas», no puede, como cualquier antropófago normal, compartir con sus amigos un litro de quemante licor. Esa inocente acción se convierte en maniobra militar. Los sobrevivientes de la contienda expresan muy ufanos que «bajamos cuatro rifles». Tal vez la cosa viene desde su época, cuando los chinos comenzaron a integrarse y a decirle «capitán» al pinto de la paloma. El lenguaje castrense y marcial ha continuado, y no queda más remedio que decirle «mayor» a quien peina canas. Si el arroz termina ridículamente facturado, y conserva un compacto aire samurai, expresamos que es un arroz «en pelotones». Y una visita multitudinaria significa que «te cayó un batallón».
Estar a la viva, en nuestro caimán armado es estar «con la guardia en alto». Y hasta en el deporte nacional, que no es precisamente hablar mal del gobierno, sino el béisbol, la tanda fuerte del bateo se conoce como «artillería pesada». ¿Qué le vamos a hacer? Empezamos macheteando a diestra y siniestra, dando jan a matojos y güiros, y hemos asumido normal y absurdamente que todo hay que lograrlo por la fuerza, en la trinchera de la ideología, bajando «una carga para matar bribones». Puro bastión para ciegos.
Ya que lo solté todo lingüísticamente hablando, y se me ha quedado la lengua seca y el metatarso caído con el metatexto, mexto mano y prendo. Volvemos a lo nuextro, es decir, a aquella primera invención de República, bebética, embalada, empaquetada, verdecita –luego volvió a ponerse olivita y olivetti, pero no de frescor. O sí, que el verde del que hablo es fresco cantidad. Y se fuñó el experimento—, nueva, niu páket, sietemesina y todo. Y aunque olvidaron cortarle el cordón umbilical al engendro, y vino al mundo enmendado con una mala Enmienda —»¿qué enmienda es ésta, caballero? Váyanse a la enmienda»— que mantenía aquello tan feo de la «política de acometimiento», al menos respiró la criatura. Llorando en chino y en inglés, tirando caracoles, entre bantú y naturales de Ortigueira, con sus nada libidinosos libaneses libantes, sus quitrines de tracción animal, los catalanes vendiendo el aire a metro, su polaco de Muralla, su bodeguero coruñés, su frutero de Cantón piedra, y el guardia con el tolete. Sin gaitos a la vista, pero de la mano de un tal Wood, que, al menos, tenía apellido de artista serio.
Y claro, la única estrada que le quedaba para una forma nueva de llevarnos mal los cubanos era la palma. Donde las cuarto dan, las Tomás. Lo que muy pocos de sus denostadores se han preguntado es: ¿cómo rayos se hace, de manera civilizada y civil, para poner de acuerdo a tirios y troyanos, cuando el país ha estado treinta años en manigüera guerra? Siempre le puede salir a uno el tirio por la mulata. La cosa en sí es que se sacó el bombo usted, que tanta vuelta de trompo había dado, haciendo de pívot del José en las entrañas del monstruo. Elegido como totí primigenio, desembarcó su bayamesa masa en la zona oriental, el 20 de abril de 1902, inaugurando una mala costumbre de entrarle a esa provincia en nao, que no es fácil. No tengo constancia de que cerraran la Trocha para la corrida del lagarto. Aunque sí quedó constancia de que abrió su gira artrítica con buen pie, acompañado de «tres caballeros de color» —nadie sabe si naranjas o punzós— y en Bayamo, donde metió usted su primer berrido en 1835, se retrató tomando un refresco típico que le ofreció la negra Má Ramona. Debió ser prú, pero queda en el aire si lo pagó en dólares, en perras gordas o rupias.
Dicen que en Santa Cruz del Sur le hicieron desfilar veinte carrozas alegóricas de la historia de Cuba. Qué lindo debió ser. En aquel tiempo nuestra historia cabía en veinte carrozas. Hoy la gente se conforma con que la gasolina alcance para una, o que el perro sin tripas tenga aliento para entrar puntual por Boyeros o Luyanó.
Luego le entró a La Habana el 11 de mayo, montado en brioso corcel, es decir, a bordo del buque Julia, y a las 9 y 40 de aquella mañana le cayó comején al piano: plantó usted su planta casi presidencial, entre bandas de música de todo el país —supongo que evaluadas. Y el día 20, a trabajar, que todo estaba en desorden y estropicio, como después de una permuta. Y ya le digo que seguro fue duro. Dirigir algo que no existe, o que acaba de inventarse, sin manual de instalación, ha de ser la monda. La referencia más cercana podía ser Grecia, donde usaban sandalias en lugar de dos tonos y zapato de vaqueta, y guayaberas por los tobillos, pero no se había escrito aún esa pieza sublime que se llama El pescao, que sería una excelente referencia para iniciar su mandato cantando con otra letra: «Para Partenón y saco, traigo un gobierno sensato…». O ya, directamente con el plato en la mano, pedirle amparo y consejo a Platón, que le sabía un mazo a la democracia, con distinto contenido incontinente y el mismo golpe suave de cadera: «Échame a Platón en saco, la República es de facto».
Más allá de que todo haya sido un dislate, hay que premiarle la entereza de intentar hacer una República, cierta democracia, algún concilio. Que es más fácil llegar, plantar y tirarlo todo a mondongo, como uno verdolaga mucho más tarde (¿se acuerda que lo anuncié?). Al menos queda el sabor de que una vez —aunque fuera con hash cordón umbilical blue— se intentó fundar una cosa que no dirigiera el que más orinara, sino alguien ahí, bien electo rosell, que cargara el mochuelo, y que se pirara rápido si le salía mal el plante. Que se fuera con la música a otra parte, como se vio obligado a hacer usted bayamesamente tras su reelección, en 1906, cuando la caña se puso a tres trozos y la dinamita con la mecha encendida, aunque llamara nuevamente a los vaqueros de Teddy Rooselvet, con su foxtrot a cuestas. Pero ya teníamos nuestra propia música en la República feudal. Lentos y aplastantes.
Fíjese que en una feudo república el baile nacional es el danzón. No puede ser más simbólico. Así nos hemos quedado a nivel de construcción, dándole al sabroso y melcochoso ritmo. En un solo ladrillito. Y más que veinte carrozas para mostrar qué hemos sido o fingido ser, o intentado al menos y al monos, con gorguera, chaleco de Pontevedra, camisa de gringa y batilongo de estepa, vale más un danzón, que lo demuestra todo: introducción —que fue lo suyo— compás de dos por cuatro, figuraciones rápidas —muy típico de lo nuestro, que tiende siempre al «figurao»— puentes —nada de pedraplenes— y vuelta a la introducción, como un introito de coito largo y bien gozado. Aunque al nuestro, un músico de guataca cuadrada le haya añadido el tumbao, y en eso estamos, a ver cómo se tumba a este Genaro, que es, a la vez, mula en el abismo.
La qué República fue aquella, el niño que usted inscribió, fue un mete saca de ampanga. Y como estamos marcados por el lenguaje medio napoleónico, medio cesariano, entre mambises y Alejandro el Mango —que es a quien aspira a parecerse este Genaro nada Generoso— sigue el tiroteo sexual, en un orgasmo bastante desorgasmizado, pero con muchas ganas de soltar los expertosmatozoides de una buena y puñetera vez, y fundar otro niño, nuestro, robusto, tranquilito y sano. Hijo de todo el que quiera jadear.
Resecreta y repúblicamente,
Ramón

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