Albert Einstein en La Habana

Érase una vez un genio

Carta a Albert Einstein

Relativo y melenudo Albert Einstein:
No sabe lo bien que me ha venido todo el invento ese de la cuarta dimensión. Sé que no salió de su cabeza, sino de la de un tal Minkowsky, pero fue en su cerebro donde se le dio alguna utilidad, o, al menos, la utilidad que el mío le ha dado luego a esa posibilidad de sobredimensionarse cuatro veces, que no es tener dimensiones multiplicadas por cuatro, ni estar en cuatro esperando dimensionarse.
Ya ve que todo es relativo, cosa que también decía mi papá, de quien saqué virtudes (y un poco Galiano también) que me adornan y me hacen coincidir con usted en más de una cosa. Cuando leí que había escrito: «El sentido común no es más que un depósito de prejuicios establecidos en la mente antes de cumplir dieciocho años», dejé de cumplir, de crecer, y vendí el depósito. Por eso nadie depositaba nada en mí, ni siquiera su confianza.
Esa frase tan brillante, que compartí de inmediato sin mucho sentido común —siempre me he esforzado en sentir de modo diferente a la usanza, por eso no soy un mortal común y corriente— me hizo buscar más datos suyos, y no vea cómo me sorprendió entender a la caja lo de su teoría. He luchado contra la tentación de tatuarme la fórmula E=M.C2 muchas veces, pero lo he considerado un gasto inútil, ya que la aplico constantemente a todas las cosas de la vida diaria, con una naturalidad que le asombraría. Luego le explicaré, pero le pido que no se me distraiga.
En esa búsqueda de su relativa importancia, hallé que visitó La Habana el 21 de diciembre de 1930. Llegó al vapor en un vapor que se llamaba Bengenland, de camino hacia California desde Europa, que también comenzaba a soltar su vaporcito insoportable. Pero usted era un crack y le importaba un tasajo el crack del 29 en los Estados Juntos, que para eso era distraído cantidad, igual que yo, que me quedo en los lugares demasiado tiempo. Esa vez en La Habana, sin llegar a hospedarse en la calle Vapor, llena de chinos por entonces, usted y su esposa sólo estuvieron cinco días, como para agarrarle el pulso a la situación, y comprarse un jipijapa, para que no se le cocinara la fórmula de su Teoría en la cabeza.
Consiguió el sombrerito, y anduvo de lo más alegre y distraído entre los tiburones de la época, que le agasajaban a cada paso, y creo que hasta le complacieron en una petición bastante insólita: conocer los barrios sabrosos, los típicos de la pobreza, Llega y Pon y Pan con Timba. Imagino que lo hizo como para no equivocarse jamás si tenía que morder polvo y exiliarse en La Habana, para que ni distraído le diera por irse a vivir por allí. También supongo, aunque no lo dice la perrodista que ha relatado esa visita, que luego pidió que le mostraran la parte normal de la capital. Si usted fuera ahora, daría lo mismo a qué barrio se dirigiera. En cualquiera de ellos le desaparecerían la pachanga, y cuidado no le vuelen la fórmula de igual modo.
Voy a relacionarle nuestras semejanzas, para que vea qué relativo anda el mundo en estos tiempos. He encontrado que nació en un pueblecito, alemán por más señas, y que se llama o llamaba Ulm. Lo hizo el 14 de marzo de 1879. Sus padres eran Hermann y Pauline, ambos los dos un par de «judíos no vigilados». Me erizo de pensar en nuestras coincidencias: yo también nací en ulm; ulm pueblo menos alemán, y mis padres eran unos «jodíos vigilados» por el Gran Hermann.
Usted poseía una «exquisita sensibilidad» y yo unos soldaditos de plomo. Gracias a ese don, aprendió a tocar magistralmente el violín, y yo tampoco, aunque pongo a Dios por testigo que mis tres primeros pedidos a los Reyes Magos fueron, precisamente, un instrumento de viento como ese. A esta altura del mundo estoy convencido que los Reyes y Dios se confabularon y jamás apareció el Stradivarius de mis sueños, o de cualquier otra marca similar, para bien mío y de la eternidad. También sospecho que esas autoridades fueron sobornadas de alguna manera por mis vecinos.
Tal vez por esa amarga circunstancia me fue tan mal como a usted con las matemáticas. En su caso particular, pudo avanzar, pero yo me quedé con las raíces cuadradas, e incluso con las redondas, porque la de agricultura que agarré fue como para instalarme de por vida en un cantero. En los datos que encontré, se cuenta que ya a los doce años conocía la geometría euclidiana. Yo por esa fecha miraba bañarse cada tarde a Marta, que le ganaba a Euclides, geométricamente al menos. Se dice también que fue un niño tímido, retraído y con problemas de lenguaje. A mí me pasó algo similar y hubo malas palabras que no aprendí hasta bordear los quince. A partir de ahí comencé a retraerme muchachas a la casa. Todo por las matemáticas, vea usted.
Pero claro, usted tuvo un tío alemán, cosa que me faltaba a mí —además del violín y de que mis padres se mudaran para Munich— y ese tío Jakov, apasionado de las ecuaciones, le hizo el camino más fácil con el álgebra. Por ejemplo, le decía: «cuando el animal que estamos cazando no puede ser apresado lo llamamos temporalmente ‘x’ y continuamos la cacería hasta que lo echamos en nuestro morral».
Yo eso no se lo hubiera entendido a su tío. Primero, ¿para qué rayos va a cazar «x» uno por ahí, habiendo palomas, patos, conejos, ciervos del señor, jutías y latas de pollo a la jardinera? Segundo: nunca le dijo cómo se llamaba el animal cuando lograba cazarlo. Y tercero, jamás habría sabido dónde echar al bicho, habiendo crecido yo con doble morral, así que vamos a dejar el álgebra. A lo mejor es que mi tío se llamaba Paco y no Jakov, que todo puede suceder con la relatividad que anda por ahí.
La cuestión es que, ya en 1902, estaba usted trabajando en la Oficina Suiza de Patentes, mientras en mi isla se estrenaba una República. Es posible que nadie la patentara en su oficina, y por eso todo el mundo hizo con ella lo que le salió de la fórmula, que esa relatividad nos corroe. Por eso es que ahora todos los inventos vienen con su manual de instrucciones. Como la República aquella no lo traía, todo el que quiso, metió mano y comenzó a tocar botoncitos y teclas, y ahí mismo la perra se defecó en la sala. Eso queda patente en nuestra impatencia.
Por otra parte, en el caso suyo, sé cómo se sentiría patentando cotidianamente los inventos de los demás, teniendo un coco brillante. A lo mejor un día se dijo: «Sanseacabó», y pam, metió para desconcierto con sus ideas de que la luz viajaba rapidísimo y que la velocidad era otra dimensión. Si usted regresara ahora a La Habana vería que la luz no viaja tan acelerada como se ha pensado en otros lugares. Allí lo que más corre es la voz.
No quiero sabotearle su descubrimiento, al que ayudó mucho su casorio en 1904 con la señora Mileva Maritsch, que era muy física, pero que quizá no le puso química al asunto. Y como el matrimonio es ese terreno indefinible entre la benadrilina y el almidón de guayaberas, entre el guarapo y la pesca submarina, ahí estaba la esencia de la cuarta dimensión, a lo que aportaba mucho su conocida distracción.
Tan distraído andaba siempre que se le ocurrió visitar Cuba con toda su pelambre, treinta y cinco años antes de que estuviera allí Ana Lasalle para darle un tijeretazo. Yo le comprendo y le perdono, porque sé que en el cerebro tenía la constante idea de «la masa» y sus dimensiones, y por ahí también coincidimos. Lo que la masa mía no era la marxiana del molote, sino la cárnica, que comenzó a ser tan veloz como la luz, y a desaparecer de igual manera.
Desde que leí otra frase suya, también genial, por supuesto —usted era tan brillante que si llega a nacer en el Brasil le hubieran bautizado como Eu-genio— sobre la ciencia, esa cosa donde enmarcamos todo lo que nos parece raro e intrincado comprendí, iluminado, cuáles eran mis problemas seudo republicanos. La frase en cuestión dice: «No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela». Mecáchis. Por eso fue que jamás pude hacer que mi abuela Miña le cogiera el golpe a la libreta de abastecimiento.
Ella siempre pensaba que duraba solamente un mes, y se hacía un lío increíble con los quebrados, las medias libras y los cuartos de libra. Cuando llegó la época del ron sábado corto, decidió entrar voluntariamente a una especie de apatía o indiferencia que se parecía muchísimo al alhzeimer, el único toque alemán que hubo en mi familia. Inventó una manera de irse del país no muy reconocida, porque no la patentó.
Entonces se negó a que le explicara lo de su Teoría de la relatividad, que yo sí dominaba a la perfección. Lo primero que hay que entender en su propuesta es que hay cuatro dimensiones. Como si uno mirara a una gorda y sólo se quedara con la parte de afuera, lo que la mostraría incompleta, al no contar con esa dimensión que falta, que pudiera ser el apetito, los complejos o que es de alma intransitable. O la velocidad con que la obesa llegaría a una bandeja de bocaditos o a una fuente de helados. ¿Va copiando y midiendo cómo le entré a lo suyo? Pero no es una gorda, sino que a las tres dimensiones de la masa: alto, largo y ancho, se le agrega otra, que es perpendicular a las otras tres, de componente imaginaria.
Uno ve la masa en reposo —la gorda haciendo siesta, por ejemplo— pero ella sólo está ahí en un momento preciso y en un espacio bien delimitado. Es como decir que la gorda existe en la cama justamente a las 3 de la tarde con 51 minutos, 13 centésimas y 2 décimas. Después sigue siendo una vaca boba que puede incluso roncar y babearse, pero ya no es la misma, porque cambió el aire, llegó una citación de las milicias, o viaja en tren, vaya usted a saber.
Esta es una explicación, de las que entendería hasta mi abuela —y qué digo mi abuela, hasta un ministro de relaciones exteriores si no está mareado por otro «científico» relativo que conozco— y que he encontrado hace un momento. Habla de un ferrocarril, aunque sin gorda. Dice: «Volvamos arriba del tren y supongamos que un policía balea a un sospechoso. Si queremos saber a qué velocidad van las balas respecto de tierra firme tenemos que usar la transformación de Galileo, es decir, a la velocidad con que las balas salen de la pistola le sumamos la velocidad del tren (suponiendo que el vigilante tiró para adelante)».
Yo le agregaría a ese razonamiento tipo de tren y origen del policía. Si el tren es lechero, ya cambia; igual si el gendarme es guantanamero, no sé por qué, pero es un pálpito. Otro detalle importante es preguntarse por qué el identifíquiti dispara balas y no bisteces de puerco o papas fritas, pero eso complicaría mucho la ecuación con la cantidad de sospechosos que le irían para arriba.
«¿Pero qué pasa si la locomotora hace sonar la bocina? El sonido se propaga siempre a la misma velocidad a través del aire, independientemente del movimiento de la locomotora. Podemos incluso utilizar esta propiedad para medir la velocidad del tren respecto del aire: si el tren va a cuarenta kilómetros por hora (suponiendo que no haya viento) desde nuestro punto de vista el aire va a soplar hacia atrás a esa velocidad. Entonces, cuando suena la bocina, para nosotros el sonido va a viajar para atrás a cuarenta kilómetros por hora más rápido que lo normal y para adelante a cuarenta kilómetros por hora más despacio, por lo que vamos a poder deducir que el tren avanza precisamente a esa velocidad. Notemos que el vigilante no podría llegar a esta conclusión ni aun disparando tiros para todos lados».
Por eso le decía yo que el agente era de Guantánamo. Un agente-agente, gerundio en las cuatro dimensiones posibles. ¿Ve? Aunque ahora que miro bien, esto no está tan claro como lo explicaría a mi modo.
Dejemos el tren, la gorda, el policía y la balacera. Que lo use el que quiera para una novelita en los premios MININT. Pongamos que llegó tomate al agromercado y usted se manda para la cola. Marca en la masa, y tiene esperanzas de llevarse una de las cuatro dimensiones. Ha de estar atento, con la jaba cerrada y los ojos muy abiertos, porque le pueden meter una velocidad y colársele varias masas diferentes, lo que cambiaría el sentido del aire —aquí vendría bien el policía de Guantánamo y hasta que la locomotora meta un pitazo; hay gente que imita a las locomotoras en lo de los pitazos, y tal vez alguien de la cola le avise al oriental para que saque el arma—, si esto sucede —lo del velocípedo que le suenan en el turno— usted no alcanza tomates.
Aquí hay dos tipos de relatividades, para que no se me distraiga: una, que piense que al día siguiente volverán a sacar ese producto, y dos, que no le meterán otra cañona aunque agarre el mismo turno en la cola. Esa es la cuarta dimensión, que es lo más parecido a estar comiendo de lo que pica el pollo, o creerse que el internacionalismo es pan con guayaba. Y no cuento las velocidades que le baja el mismo gobierno a uno, sin tomate a la vista, y con anestesia, que viene a ser como una quinta dimensión, invento nuevo del «científico» del que le hablé antes.
Si no lo he entendido, no importa, que no voy a fabricar la bomba atómica a domicilio. Al menos en estos días. Sabiendo que todo es relativo, ya saco el día a día sin que se me caiga el pelo. Le seguiré admirando aunque no siga mucho por su rumbo. Por ejemplo, usted se divorció en 1914 y cayó enfermo. Luego se recuperó casándose con su prima Elsa. Esas cosas yo no las podría hacer, mire usted, y no sólo porque ya no sea 1914, sino porque ninguna de mis primas se llama Elsa, así que me resigno. Quizá no lo hizo a propósito, sino por puro despiste, en una de sus distracciones. Un día se viró en la cama y ahí estaba su prima. Hay gente así.
Sé que en 1952 le ofrecieron la presidencia del Estado de Israel y usted dijo que nananina. Eso de pasar de «judío no vigilado» a estar vigilando a los judíos, iba más allá de sus fuerzas. Y en 1933, cuando los nazis ofrecieron 50.000 marcos por su cabeza, espantó la mula sin pensarlo dos veces. ¿De qué vale aparecer de cuerpo casi entero en 50.000 marcos si no se tiene cabeza? Y no eran 50.000 marcos de ninguna actividad. Era más de onda radioactiva. Así que se llevó la distracción a otra parte, que se distraía usted más. Así llegó a los USA, y en Princenton plantó los pieses.
Así y todo, en 1930, logró comprarse el jipijapa en La Habana, y ni cuenta se dio que la cosa ardía a su alrededor, pero no con la intensidad del incendio que vendría 29 años más tarde. En esa visita soltó esta joya que aún algunos tontos llenos de relatividad repiten, pensando que lo mejoran: «Estoy convencido de que hay una sola manera de eliminar los graves males del capitalismo: el establecimiento de una economía socialista, acompañada por un sistema educacional que se orienta hacia fines sociales». También dijo un poco más tarde que la Unión Soviética era un firme baluarte en la lucha contra la guerra. No digo más. Es que usted era más distraído que nadie.
Con la masa desplazándose en busca de más luz,
Ramón

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