Kabiosile

Julio Cueva

Nadie recuerda que su trompeta inauguró la inmensidad moderna del Empire State Building, en un New York que esperaba ansiosamente a King Kong, sacudido por la primera crisis inhumana de este mundo. Había visitado ya la Gran Manzana en 1930, en otro de esos avisos fulgurantes de que todo cambiaba, cuando fuera contratado por Don Aspiazu para liderar los metales de aquella Orquesta, con la que Antonio Machín dejó en el aire universal “El Manisero”, un reclamo que sigue mandando a dormir a las caseritas, cucurucho en mano, con el doble sentido más ingenuo que se recuerda.

Tal vez Louis Amstrong, se inspiró en el trazo metálico de Cueva, para aventurarse por esos caminos siderales del instrumento, en la versión del tema de Moisés Simons, el mismo año de su estreno, con el título de “The coconut vendor”, donde transforma la llamada al vendedor de cacahuetes en un desgarro de amor a María, con aquella voz de pena que nos llenó el siglo XX.

Fue el propio Moisés Simons quien cambiara su vida, allá en 1928, pagándole un sueldo de sultán para la época, en la agrupación estelar que el compositor había formado para animar las noches del Roof Garden del Hotel Plaza, en el corazón de La Habana de entonces. Había llegado recientemente a la ciudad para integrar la Orquesta del Teatro Campoamor.

Pero ya había probado suerte en la capital anteriormente. La dulzura socarrona de su trompeta llenó el aire de la ciudad y luego de la isla, recorriendo teatros con la compañía teatral de Arquímedes Pous. Su manera de burlarse del aire vino seguramente de ahí, de ese constante encuentro con el bufo cubano, que cada día subvertía la realidad, caricaturizándola.

Había nacido el 12 de abril de 1897 en Trinidad, una de las siete villas que fundara Diego Velázquez bajo inspiración divina y con buen ojo económico. Allí regresó después de su primera aventura habanera para crear la Banda Municipal, que dirigió durantes varios años apacibles, hasta que el cuerpo le pidió más estremecimientos, y ganas de desconocer las fronteras.

Por esa razón, ya en el vórtice musical de la isla, saltó de la Orquesta de los Hermanos Palau a la expedición newyorkina de Aspiazu, que dejaría huellas profundas en el asfalto norteamericano. Pero la vieja Europa, casi repuesta de una guerra miserable, y cocinando en sus entrañas otra, mucho más devastadora, le enviaba guiños zalameros. Fue acá donde empezó la verdadera e increíble historia de este hombre con cuyo apellido bautizaron uno de los primeros reductos del son cubano en el París de 1934: el cabaret La Cueva. En la otra orilla del Sena, los golpes del tres y la sensualidad, tenían el protagonismo de los Hermanos Barreto, amigos y rivales en la madrugada francesa.

Pero en la isla, pocos sueñan su rostro cuando la tierra se estremece con un espasmo telúrico, y salen de las rocas y del monte, los compases quebrados y como de lejana conga, de “El golpe bibijagua”, que ya Rita Montaner había paseado también por sus senderos de gloria. Entonces Julio Cueva no adivinaba aún que le esperaban el sobresalto y un olvido espeso más grande que la soledad humana, pero eso vendría tras su gloria en los años cuarenta.

La guerra borró su huella en la Ciudad Luz, a donde había llegado primero con Aspiazu, en aquella gira inaugural, donde abrieron el cabaret Plantation, la primera huella antillana de la que se tiene allí memoria. Gracias al cine podemos verle todavía, en el jolgorio parisino de los filmes “Orquídeas negras” y “Espérame”, donde el zorzal argentino, Carlos Gardel, comenzara a enamorar al universo. De esa época dorada quedó su paso por Bruselas y Londres. Decidió quedarse por su cuenta en Francia, y en la capital, bebió los jugos profundos del jazz contratado por el músico negro norteamericano Snow Fisher.

Cabalgó por Europa desde entonces, hasta inaugurar su “Cueva” el 12 de junio de 1934, con una agrupación de estrellas que tenía a los hermanos Grenet como punta de lanza de toda aquella música que comenzaba a remover las entrañas. De París a Madrid, y de allí, al cielo de la República, que quiso defender, con los pobres del mundo, en la confusión de quienes quieren hacer el mundo un lugar limpio. En la contienda, al servicio de la izquierda, dirigió la Banda de la 4ª División. Y después, el retorno francés, en la estampida de la derrota, cuando el monstruo de la guerra mayor amenezaba desatarse para engullir la libertad humana. Su libertad. Porque Julio Cueva estuvo a un trís de que se le muriera el son por dentro y por fuera en un campo de concentración, que le castigó el alma durante 78 días.

Marcado así por los dolores del hombre, regresó a la isla, y fue como un renacer de su esperanza. Y su música se hizo lo más parecido a las cosas invencibles, hasta que veinte años más tarde, rencores ocultos le pudrirían en vida en un puesto gris de archivero de la Asociación de músicos.

Me duele Julio Cueva como me desgarra el destino de los buenos en mi país. Cuando aceptó una oferta de otra emisora con cuyo dueño ya había trabajado. Todo hubiese sido un paso normal para mejorar su economía y la de los músicos a su cargo. Lo peligroso era que trabajaba entonces contratado por la Mil Diez, la emisora del Partido Socialista. Sospecho que algunos de esos torvos militantes consideraron una traición su mejora. Esperarían dos décadas para vengarse con todo el peso de un rencor oscuro.

Me duele Julio Cueva y su grandeza desconocida en esa isla que amó y puso en la geografía de la memoria sonora.