Kabiosile

Barbarito Diez

Hubo una noche en que estuve tentado preguntarle a Barbarito Diez por qué no se reía nunca. Yo tenía veinte años, estaba recién casado, y nos rodeaban innumerables mesas en la Plaza del Himno de Bayamo, mi pueblo natal. Él deambulaba como un fantasma entre mesas de madera, vasos encerados de fría cerveza, y platos de macho con casabe, la torta de yuca que nos legaron los indocubanos, con pedazos de cerdo asado dentro. O casabe con longaniza, y su contraste de picantes esplendores. Noche burbujeante y sonora para los ojos blanquísimamente abiertos y asombrados en la noche del rostro de Barbarito, la vez que no pude preguntarle por qué cantaba tan tieso, tan sereno, tan sin gracia, que parecía que no era él quien lo hacía, sino una voz que le subía desde los zapatos.

Eran los carnavales de mi pueblo, y en ese “Rincón del recuerdo”, a un costado de la iglesia mayor –la única edificación que no ardió el 12 de enero de 1869 cuando sus habitantes, en un arranque numantino le dieron fuego a todo para que las tropas españolas sólo recogieran cenizas- En el cuerpo me hervían las preguntas para Barbarito Diez, el negro oscuro que no llegó jamás a sonreír, mientras de su boca volaban perlas marinas, bocas rojas de un romanticismo meloso, moras traidoras y cleptómanas que robaban corazones, en el tiempo sin tiempo del danzón, el ritmo más sensual y desorbitante de mi raza.

Tres veces le miré a la mirada serena, que no empañaba la algarabía colectiva, y ninguna me atreví a soltarle a Barbarito Diez las preguntas que me recorrían el cuerpo. Tal vez porque yo tenía veinte años, y tenía junto a mí a mi primera esposa, asombrada de lo distinta que era aquella fiesta de pueblo lujurioso en mis calientes territorios, viniendo ella del caos ordenado de la gran ciudad, en años donde ya no pasaba casi nada. Quizá me confundía no acordarme del nombre del pueblo natal de Barbarito Diez, que en medio de la orgía gastronómica sólo atinaba a que se parecía a chilindrón, el fricasé de chivo.

Su pueblo se llamaba Bolondrón, en la llanura matancera, en la quietud lejana y verde donde Barbarito Diez vino al mundo el 4 de diciembre de 1909, el día hirviente de Santa Bárbara. Tal vez por eso, o por haberse tomado tan en serio la vida, o porque la solemnidad del danzón se le instaló para siempre en las venas, Barbarito Diez no se reía nunca. Un Buster Keaton de ébano, más inmóvil que el cómico. Una sombra de voz fina y dulce, como un oscuro ángel que desafiaba la noche.

Y aquella noche de mi pueblo no pude preguntarle por su seriedad. Tuve que vivir mucho, tuvo que alejarse él y regresar, y morir y quedarse luego eterno, serio, varado en el largo camino de la gloria, para entender que tal vez Barbarito Diez amaba tanto lo que cantaba, que no lo hacía para los demás, lo cantaba para él, como un abuelo que te duerme en la noche infinita del campo. Por eso no se movía, ni enseñaba sus dientes blancos de mortal. Barbarito Diez se sumergía cantando en un viaje interior, y nosotros sólo escuchábamos aquella música sin comprender a fondo que era el sonido de un abismo, el agua que chocaba en los riscos, el eco ululante y estremecedor de un pozo donde caía la vida haciendo ondas enormes.

Me basta esa respuesta. Me quedo más tranquilo con mi sed de preguntarle a mis veinte años. Hubiera cometido una imprudencia. Hubiera obligado a Barbarito Diez a bajar a la tierra, a despertar del sueño profundo y eterno en que vivía, y se hubiera perdido lo más importante. Así, serio y no seco, con esa solemnidad amable que da el brillo de sus ojos de asombro, andará en una nube Barbarito Diez, contando lo de aquella mujer que robaba carteras y corazones, o simplemente avisando, desde el fondo del pozo –brocal inmenso él mismo- que se acerca otro personaje de sueños, cuando canta: “Mira quién viene por ahí/ el Caballero de París”.

Ramón Fernández-Larrea

Barcelona, abril del 2002