Tongolele en La Habana
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Tongolele en La Habana

MATS LUNDAHL | Estocolmo | 6 Abr 2013 – 12:41 pm.

“En 1951 Tongolele vino a La Habana, contratada por Alberto Ardura”, cuenta Bebo Valdés. “Tongolele no usaba orquesta, solo ritmo, pero había muchos problemas con los tambores anteriormente. Ardura me llamó y me dijo: ‘Bebo, mira a ver si tú puedes poner música al número de Tongolele'”.

La ascendencia de Tongolele era cosmopolita. Existe una biografía suya —Arturo García Hernández, No han matado a Tongolele (México D.F., La Jornada Ediciones, 1998)— y la revista mexicana Somos le dedicó a ella un número especial en agosto de 2000. Su nombre de nacimiento fue Yolanda Ivonne Móntez Farrington y nació en Spokane, Washington en 1932. Su padre, Elmer Sven Móntez, descendía de padre español y de madre sueca. Su madre, Edna Pearl Farrington, de padre inglés y madre francesa. Su abuela materna, Molly (en realidad Maeva), tenía sangre tahitiana en sus venas. Yolanda estaba, pues, predestinada a una carrera dentro del género exótico. Comenzó su carrera de bailarina en 1946, en San Francisco, y ese mismo año se trasladó a México. Allí debutó, en julio de 1947, en El Tívoli, lugar de moda, bajo el nombre artístico de Tongolele.
Tenía en verdad 15 años de edad, 21 según la partida de nacimiento falsificada. Y el éxito obtenido la llevó a firmar su primer contrato cinematográfico ese mismo año.

Tongolele participó en nada menos que 31 películas mexicanas, interpretándose a sí misma en la mayoría de ellas. En algunas aparecía acompañada por el apreciado cómico Tin Tan (Germán Valdés) como pareja de baile. En El rey del barrio (1949), en la cual Tin Tan hacía de rey ladrón con una conciencia muy amplia de tipo social, Tongolele interpretaba un baile de santería, simulando una ceremonia de ofrenda a Changó, dios del trueno.

Un año antes, el director Roberto Gavaldón había rodado en un tiempo récord de dos semanas y tres días Han matado a Tongolele, que protagonizaba ella. La trama se desarrollaba en el teatro de Folies Bergère de la Ciudad de México, en cuyo escenario cabía un espectáculo con música y bailes mexicanos, con flamenco y, claro está, con Tongolele. En otro plano de la trama, varias personas envidiosas intentaban asesinarla. La película se estrenó el 30 de septiembre de 1948, resultó muy apreciada por el público, detestada por los críticos, y para algunos constituyó la peor película del año. Sin embargo, con el tiempo ha llegado a ser una película de culto, y su título sirvió también para la biografía de la artista.
Hace unos años, el periódico La Prensa de Panamá calificaba a Tongolele de “ave de tempestades en un México de eternos contrastes donde mostrar el ombligo o mover las caderas como ella escandalizaba a la sociedad de finales de los 40, etiquetándola como exótica, término que en Estados Unidos —su país de origen— equivalía a desnudista” (“Los bailes de Tongolele”, 15 de junio de 2003).

La “tongomanía” que estalló con sus actuaciones contribuyó a debilitar el rancio tabú moral que prevalecía en México. En la España franquista, tan dada a lo beato, las autoridades multaban a quien la empleara por la exhibición del ombligo. Y un periodista mexicano de la prensa amarilla llegó a alegar que “Stalin envía a Tongolele”, y exigía que todo el mundo se uniera contra el “mal” que ella significaba.

Pero Tongolele también tenía sus defensores. Uno de ellos, Benny Moré, que le cantaba en “Mangolele”, un tema escrito por él mismo:
Me gustan todas
Me gustan todas
Las mangoleles me gustan ya
Me gustan todas
Me gustan todas
La Tongolele me gusta más.

Otro defensor de Tongolele fue el escritor español Max Aub, exiliado republicano en México, que escribió de ella en 1948: “Muy corta. Muy pequeña, muy poca cosa. Pero en su pequeñez, en su reducido terreno, en su tamaño, es excelente. Tiene clase, personalidad, y… ‘lo que hay que tener’. Y baila … muy bien —si a lo que hace en escena se le puede llamar bailar. Baila un baile tan antiguo como el hombre: el que remeda la rotación de la tierra, el baile de la semilla, el baile del vientre, el baile de la gravitación eterna”.

Aub constataba que Tongolele tenía “un cuerpo precioso… Pero además sabe para lo que sirve y no lo oculta… De color marfileño y curvas preciosas. Y con la música por dentro. Anda a compás, baila. Y baila como tiene que bailar, de dentro hacia fuera, siendo ella misma ritmo atrayente…”.
Tongolele en Tropicana

Los detractores mexicanos de Tongolele le habían advertido que no fuera a Cuba: “¿Pero qué va a hacer Tongolele en Cuba? ¿Bailar? Es como tratar de vender helados en el Polo Norte. Gusta en México porque el público de aquí es complaciente y conformista. Allá es otra cosa. Danza y música son para los cubanos como un segundo idioma. Más aún: forman parte de su naturaleza. Son ellos que pasean por todo el mundo su calidad de hijos privilegiados de las musas Euterpe y Terpsícore. Nada tienen … [que] aprender de Tongolele. Su cadera, que acá asombra y desquicia, allá será una más. Cualquier cubana, si se lo propone, puede hacer lo que Tongolele…”

Pero ella no hizo caso de esas advertencias. Llegó a Cuba el 25 de febrero de 1951 para actuar en el Teatro Nacional y en Tropicana, y la prensa cubana no le dejaba ni a sol ni a sombra:
“Tongolele en el Teatro Nacional de Cuba. No se habla de otra cosa. Es la figura de la semana y lo será del año a juzgar por el entusiasmo que reina en el ánimo del público por asistir a sus presentaciones […] Tongolele impone modas. Su mechón blanco aparece ya en muchas cabezas femeninas. Es figura de la actualidad. Su fotografía aparece en todos los periódicos de La Habana. Tongolele es la atracción irresistible del momento”.

Tongolele tenía una cara bonita enmarcada por un pelo negro rizado con un mechón blanco en la sien derecha. (La idea del mechón la tomó del torero Luis Procuna, pero el mechón de Procuna era auténtico.) Tenía una figura perfectamente esculpida de gran belleza, la cual conservó también en su madurez. En el escenario llevaba bikini, a veces con telas superpuestas por delante y/o detrás, a modo de sobrefalda cortita. Y dio su nombre al cristal grabado “de voluptuosas formas curvadas” que podría “servir cualquier finalidad desde la copa para un cóctel de gambas hasta un helado”.

No era de extrañar que Tongolele tuviera éxito con el público de Tropicana. Fue en Cuba que le dieron el epíteto de “La bailarina de la cara seria y las caderas sonrientes”. Entre bastidores las cosas eran más complicadas debido a que Tongolele traía a su propio coreógrafo, Héctor del Villar.
Héctor del Villar era cubano, pero trabajaba en México. Tongolele recordaba perfectamente, muchos años después y para su biógrafo, el ambiente tenso que allí reinaba: “muchos de mis compañeros del show, tanto en Teatro Nacional como en Tropicana, parecían poco amables y casi ni me hablaban”.

Su debut en Tropicana no debió ser fácil, porque vino después de nada menos que Josephine Baker. Incluso en la noche de su debut, Josephine Baker hizo el primer show y Tongolele el segundo. Y todo le salió bien, hasta tal punto que no podía moverse por la ciudad sin que la gente se acercara a ella. Finalmente intervino la policía de La Habana. “La policía cubana me prohibió que anduviera por la calle o fuera a las tiendas, porque la gente que iba detrás de mí formaba un lío”, recordaba luego.

La prensa cubana estaba cautivada por sus actuaciones: “Se mueve en un compás de la ola de los mares del Sur, donde aprendió esas danzas suyas únicas. Tongolele no es una bailarina africana ni cubana. Su ritmo de caderas lo heredó de su hermano el mar del Sur. Hay que verla. No se puede explicar el influjo magnético que ejerce en la conciencia popular. Hay que verla para admirarla, para no olvidarla jamás”.

En Tropicana, Tongolele apareció en el espectáculo La Diosa Pantera, con arreglos musicales de Bebo Valdés, quien recordaría: “Bailaba cosas de indios, rumbas y eso. Hablé con Héctor del Villar que era el coreógrafo de Tongolele. Trabajábamos en Tropicana hasta las cuatro de la mañana, y luego yo me quedé con Del Villar y a veces un ratito con Tongolele. En tres días yo hice la música y él la coreografía de su número… El show no fue muy grande, pero tuvo mucho éxito…”

Al terminar su contrato en Cuba, Tongolele regresó a México. Los arreglos de Bebo le habían gustado tanto que, en 1952, le pidió que fuera a México para trabajar allí con ella. Bebo se marchó, pero el acuerdo no se materializó debido a que el representante de la artista, César “El Chato” Guerra, iba a pagarle poco: “No trabajé con Tongolele en México. Yo le hice algunos arreglos a ella, pero nunca dirigí la orquesta del teatro donde actuaba. Lo que me querían dar era diez dólares. Yo dije que eso lo podía ganar en Cuba, y Cuba era mi país. Y no hubo negocio”.

Bebo Valdés volvió a Cuba y Tongolele continuó sus actividades, no solo en México sino también en Europa y Estados Unidos, tanto en el escenario como en la pantalla. Los años 50 y 60 fueron décadas llenas de éxito para ella. Se convirtió en una institución. En 1952 participó en seis películas, a partir de entonces estuvo en el extranjero cuatro años hasta regresar en 1956, para participar en tres películas más. Al año siguiente abandonó de nuevo México y no volvió hasta 1964, como triunfadora después de una ausencia de siete años.

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