Francisco de Albear

Carta a don Francisco de Albear

Carta a don Francisco de Albear y Fernández de Lara

Acueductórico e ingenieril don Francisco de Albear y Fernández de Lara:

Usted no se imagina cómo avanza el mundo. Al menos en algunas partes es cosa de soplar y hacer botellas. Pero hay partes en que no. Conozco un lugar donde, por más que usted resople, sigue haciendo botellas, o más bien pidiéndolas, pero sólo para viajar. Esto duele mucho y confunde. Porque ahora han encontrado agua en Marte, y eso me llena de pena. Han puesto un ceremil de recursos en función de ese disparate, buscando agua en un planeta que sólo sirve para hacer películas y para que Ray Bradbury gane pasta. Si se hubieran puesto a buscar agua en Centro Habana, por ejemplo, la berenjena sería más morada. Se podría morar en ella. Aunque ya todo es un berenjenal.

Todo esto que voy a escribirle lo ha motivado mi lectura de su folleto Notas sobre el abasto de agua de La Habana, que entendí a la perfección; no olvide que yo me leo la prensa cubana, toda todita, así que estoy entrenado para descifrar lo críptico, discernir lo crápula y descriptar lo caótico. Amén de intuir lo abúlico, lo eólico, lo estúpido y lo sicofármico. Tal vez por eso su proyecto de acueducto se me asemeja a otros proyectos posteriores acometidos por otro ingeniero ingenioso, que ha sacado de aquí para poner allá, ha encausado y encauzado, desviado, inundado, levantado, corroído, hundido, movido, trasplantado y esculpido tanto como usted en su ingeniera vida, aunque con resultados bastante más adversos. Por mucho que nos esculpe, uno termina sacando el pañuelo para evitar el salivazo. Y le hablo de quien ha inventado ciudades. Algunos pueblos fantasmas, como Sandino, por ejemplo, hablan de su tesón. A pesar de que no podemos decir que fundó Miami, le ha dado una población tremenda en muy pocos años. París tardó más en estar tan habitado como ahora.

Pero ya me iba yo por otro cauce, dejándome llevar por el arroyo, aunque el de la Sierra no me complazca más que el mar, a mí lo de arrollar se me da, abriendo hasta sin Cocuyé, todo un Dandy de Belén. Dandy y dandy. O Dandy lo que Andy, para ponerle musiquita. Y en esto de la música y la comparación entre su obra mayor, el acueducto, y el otro ingeniero, me viene a la cabeza, además de caspa y pelo, una reflexión muy sana sobre nuestra manera de construir. O, al menos, de enfrentar la construidera: Estamos marcados como una barajua —tal vez desde aquella digna Protesta de Barajuá— por una manera distinta de asumir el desenrrollo, lo hecho y lo deshecho: la puñetera y recontrareponchadora tesis cubana del andilúa. Un proyecto de vida no sólo antedilúano, basado en el sonsonete de «andilúa se rompió/ rómpelo, si se rompe se compone». Eso es funesto. Si se le junta a esas otras dos corrientes filosóficas que son el «dale al que no te dio» y el «Chepo, Chepo, déjala pasar», ya encontrará usted una manera muy elefántica de alzar el porvenir. El «andilúa» nos persigue. Y como hay un embargo, dicen, nada tiene repuesto. Ni siquiera la esperanza. Y habrá que ver el tipo de esperanza que tendríamos sin embargo. La llevaríamos de repuesto en el maletero, como una goma.

Pero vayamos al H2O, que los pajaritos son más pequeños y van al río, como le dijeron delante de mí, en una cafetería, a un super dirigente del accidente del 58. Por si usted no se ha enterado en la gloria esa donde lo han ubicado: su acueducto sigue funcionando. Años de roña no han podido acallarlo. Que por eso usted le sacó punta al lápiz y metió un «canal soterrado que, por más de 9 kilómetros, lleva el agua desde los manantiales hasta los tanques colectores». Todo eso basándose en el sencillo, eficaz, simple y no por ello menos sorprendente principio de los pesos específicos, que ya había descubierto Pascal. Eso tiene que ver con los vasos comunicantes, que no es una talla en curda, ni un pedo comunicativo, y con algo similar a una «directiva» o «comunicación de arriba», donde lo grande cae por su propio preso. Claro que ahora es más engorroso aplicar al pelo lo del peso específico, porque como circulan dos monedas, uno no sabe para qué sirve específicamente el peso que tiene en la mano. Pero eso es llover sobre mojado, así que volvemos al agua.

Luego de leer con suma atención aquel folleto, seguí acuático, y me sumergí en otro que usted escribió en 1855: Proyecto de conducción a La Habana de las aguas de los manantiales de Vento, una hazaña increíble, aunque tengo ciertos comentarios que hacerle, ya que no todo anda «Vento en popa». Parece que cuando entubaron los manantiales se les olvidó pasar un ramal por debajo de la posada de Santa Catalina y Vento. Allí, para lavarse las huellas vegetales del amor había que usarla embotellada. Aunque ahora que lo pienso bien, creo que muchos albergues INIT se quedaron sin tubería de las suyas. Pero ese desliz no enturbia su labor. Aunque se le pasó también pasar un caño por el sótano del Ministerio de Educación, perdiendo la posibilidad de un negocio fabuloso: el agua mineral embotellada. Llevándola por ese inmueble, ya el líquido elemento saldría como agua de globitos. Si esa misma corriente fuera conducida luego, ya globalizada, por debajo de la Plaza, cuando el ingeniero descarga, sería agua «La Cotorra», y no habría que estar yendo a Guanabacoa.

Menos mal que sus contemporáneos le llevaban bien, lo encomiaban, lo ensalzaban sin llegar a la guataquería. Así encontré esta opinión: «Todos los trabajos ejecutados bajo la dirección del Sr. D. Francisco Albear, aunque sin los recursos que en países más adelantados encuentran los hombres del arte, llevan el sello de la inteligencia…». Eso me preocupa un poco, porque fui filatélico y no encontré ese sello por ninguna parte. Debió resultar una rara emisión del siglo XIX. Sería bueno imprimirlo nuevamente y, lo más importante, ponerlo en circulación. Como el agua, vaya, para que me entienda.

Es una injusticia que a usted sólo se le conozca por el acueducto. Pocos saben que nació un 11 de enero de 1816 en el Castillo del Morro, ya que su padre era el Gobernador de la Fortaleza, así que usted ya vino al mundo con luz larga, preparado para ser faro y guía. Y estudió la secundaria en el Colegio Buenavista. Pero no se dice si Compay Segundo estaba en su aula o no. Tampoco se sabe mucho que se le encomendó reconocer el curso del río Zaza y ampliar el puerto de Cienfuegos. Lo del Zaza, pasa, que sigue teniendo el mismo curso. Repitente que es. Y en lo de ampliar Cienfuegos, los orientales que le metieron más tarde no fue plan suyo, que hay otras maneras de ensanchar una cosa. Dice su currículo que hasta 1854 intervino en la realización de 182 obras. Puentes, faros, muelles, carreteras y edificios. Y las primeras líneas telegráficas de la Isla. Así que es usted el responsable directo de que un telegrama que uno pone el lunes para Jiguaní, llegue allá el sábado siguiente sano y salvo. ¿O los disparates no son de su cosecha?

Termino con sus datos, que son muy secos, y así nos vamos a mojar en el acueducto y le disparo un par de tres o cuatro señalamientos. La gente que a veces se baña gracias a usted, se pregunta quién es el ocambo peludo que han sentado en el parquecito que lleva su nombre, allí en el inicio de la Habana Vieja, testigo mudo de tanto tumulto airado cuando la guagua se pone buena. Pues eso es lo que nos queda suyo, una especie de cuerpo del delito de usted, que llegó a ser Brigadier del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de España. Así que teniendo un cuerpo de ingenieros, el escultor le puso otro, qué se le va a hacer, a veces pasa. El arte es así. Quizás el artista no tenía lo que se llama una mente torrencial, le faltaba el agua, o tuviera problemas en la irrigación del cocorioco. Yo hubiera puesto a su lado una chivichana con su respectivo tanque de 55 galones, para rematar la idea de cómo funciona su obra en estos tiempos. Y no le agrego la polea y la soga para subir la lata al quinto piso, porque luego viene algún criticón y me dice que exagero, que recargo mucho las cosas, y que me gusta lo barroco. Siempre hay un berraco a quien molesta el barroquismo.

Para hacer más potable la cosa, como el agua, le pongo aquí algunas ideas mías que le pueden servir. Y a lo mejor digo un disparate, pero he llegado a la conclusión que el agua es muy importante para la vida humana, incluso para la salud. Sin agua no se puede hacer cerveza, por ejemplo, y sin cerveza no hay carnavales y los santiagueros se vuelven locos, de modo que ya andamos por la salud mental. Y sin agua tampoco se pueden lavar mensualmente los calzoncillos, o la punta de los dedos cuando uno come pizza o melcocha, y menos hacer sopa. Y si uno hace los cocimientos de hoja de naranja con ron a granel, queda muy fuerte y creo que no sería un desayuno apropiado. A uno le da después por hacer cualquier cosa menos trabajar, aunque eso en la Cuba de hoy no es tan importante, mientras se le siga la corriente al otro ingeniero, y uno encauce su manantial para que no se desborde. Pero pienso que si usted puso la primera piedra del acueducto el 26 de junio de 1861, aunque se terminara de hacer en 1893, es hora ya de hacer algunos ajustes mínimos, sobre todo para no derrochar, que no se puede seguir en el «Chepo», y mucho menos en el «andilúa» eterno.

Habría que controlar más el gasto de nuestro líquido nacional. En la música se le ha dado mucho agua a una sola persona, siempre se está pidiendo «Agua pa’Mayeya», como si los demás no tuvieran derecho. «Mayeya» que se joda un poco ahora. Las pocas veces que se piensa en general, se hace de un modo pendejito con eso de «agua pa’ti, agua pa’mí…». También ha de haber un control, algún horario para «dar agua en el dominó». Y ya es tiempo de ponerle coto a los que beben como una esponja, y seguir de cerca de quienes se ahogan en un vaso de agua. Y controlar al ejército, que allí se gasta mucha. Fíjese bien que yo nunca entendí muy bien esa rama de la sociedad. Los militares tienen su travestismo histórico y eso, y los que se llaman altos mandos tienen más señalizaciones que un aeropuerto, y más dibujos en el uniforme que un antropófago de Papuasia. Hay que vigilarlos con el uso del agua: a la hora de las revistas militares, las inspecciones y los desfiles dejan los tanques, los aviones, los cañones y la artillería como calderos de exportación, y el gasto es infinito. Total, para luego llenarlos de fango y ramitas, a la hora de los mameyes con el camuflaje. ¿No se podrían fabricar las BTR ya con sus pegotes de barro correspondientes y dejar la lavadera para los calcetines y las gorras?

No quisiera terminar sin darle un poco más de coba, que la publicidad nunca viene mal. Así lo retrató un superior suyo: «Honrado a toda prueba, puro y desinteresado, digno, veraz y enérgico al paso que moderado y conciliador; altivo, laborioso cual ninguno; de elevadas miras y al mismo tiempo escrupuloso en los pormenores de su deber; de educación distinguida y finos modales; con profundos conocimientos teóricos y prácticos, talento y disposición sobresalientes, habilidad y acierto». Yo que usted, escondería esas opiniones, porque si se entera uno que yo me sé, el ingeniero mayor de ahora, lo truena o lo pone a dirigir le ECOA Nº 5.

Parece que era usted la monda. Y hasta buena gente, modesto y líquido. Cuando leí esos elogios pensé que estaban hablando de Dios o de mí mismo. Me di cuenta que no era de mi persona por lo de las «altas miras». En Altamira viví encuevado hasta que cambié de pleistoceno. Y mi metro 67 no califica en esa frase.

Queda muy suyo, aguajeando sin tubería
Ramón

 

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