Kabiosile

Vicentico Valdés

Su voz era tan espesa como la noche de mi pueblo. Obligaba  a mirar al cielo a los amantes.  Los borrachitos tristes del bar de la esquina, olvidados sus malos amores, cuando ya no sabían ni por qué pena lloraban, salían envueltos de llovizna y oscuridad a comprobar si alguna vez la luna había tenido adornos. En la invencible victrola seguía la voz de burla y pasta de Vicentico Valdés, llegando sibilina desde México o Nueva York, confesando su inmensa culpa, con desparpajo célebre: “Los aretes que le faltan a la luna/ los tengo guardados/ en el fondo del mar”.

Tuvo que pasar el tiempo para que me gustara. El tiempo, el implacable, que va desgajando esperanzas y sembrando nuevas y absurdas nostalgias. Tuve que perder un país para que esa voz suya, entre burlona y gangosa, fuera una de mis pequeñas tierras conquistadas. Y arribé entonces al dolor del corazón de Vicentico Valdés portando mis dolores descoloridos y rabiosos, como explicándome, en la pesadilla del derribo de todas las fronteras, por qué a mi padre le brillaban los ojos cuando le escuchaba, en aquellas tardes lentas, en la placa incesante que parecía mordida por un animal más feroz que el tiempo.

Así supe que había nacido en Cayo Hueso, el barrio espléndido al que todavía entran con cierto temor los pacatos. Un sitio de puertas extrañas donde hay músicas recónditas y toques de tambor, y donde la memoria de los chéveres del universo va cabizbaja en el recuerdo de unos zapatos de dos tonos que son sombra en el aire de la ciudad. Allí se abrió su corazón al siglo el 10 de enero de 1921, un año antes de que Alfredo “el Chino” Zayas, tartamudo y sagaz, presidente de una República temblorosa y casi a contrapelo, inaugurara, discurseando en inglés, la primera emisora de radio de mi isla, y por donde iba a salir, años más tarde, sinuosa y para siempre, la voz de aquel mulato, hermano de otros músicos instalados en el viento sonoro de mis razones.

Creció envuelto en esa música profunda, con el llamado incansable de los cueros que invocaban la presencia de orishas guardianes, y que también ayudaban a contar historias de amor y de presidio. Por ello transitó las rutas endiabladas del son y la guaracha antes de encontrar la plenitud cadenciosa del bolero, donde desplegó su personal y subyugante estilo. En 1937, cuando comenzaban aquellas espléndidas mezclas entre el jazz y el son, que dieron nuevos horizontes a la música cubana, Vicentico Valdés, junto a su hermano Alfredo, fue voz de sabrosura del legendario Septeto Nacional, que había fundado Ignacio Piñeiro, y anduvo un trecho en la segunda etapa de esos músicos de avanzada. También curtió su garganta entre las huestes de otro grande: Cheo Belén Puig, con cuya charanga aprendería los silenciosos misterios del danzón. Cerró con broche de oro esa década, integrando una de nuestras primeras jazzband, la Orquesta Cosmopolita.

Pero el horizonte le oprimía. México le abrió las puertas, como a tantos otros cubanos, y desde 1944 al 47 saltó de orquesta en orquesta grabando incansablemente todos los ritmos. Sospecho que fue allí, cuando grabó el bolero “Obsesión”, de Pedro Flores, que intuyó todo el fervor que podía darle a un género que cambiaba con inusitada velocidad de formas y estilos, y donde ya comenzaban a campear por sus respetos esas cofradías del corazón que fueron los tríos mexicanos.

Sin embargo, presintió que tal vez no estaba allí la puerta secreta de su gloria y viajó a la gran manzana, donde la música de Cuba comenzaba a arder, y desde donde se le medía mejor el pulso al planeta. Tuvo razón al hacerlo. En Nueva York fue acogido por dos de las mejores agrupaciones latinas del momento, curiosamente, boricuas; así fue continuador de la vibrante simbiosis que ya se había establecido entre las músicas de las dos islas hermanas. Vicentico Valdés empezó a ser conocido por el ambiente latino de la mano de las orquestas de Noro Morales y de Tito Puente.

Entonces llegó su momento, en los albores de los años 50. Era tanta su valía, la solidez de su extraña manera al decir, y la cálida lumbre con la que su corazón cocinaba los boleros, que se impuso en los años de más grande esplendor de nuestros ritmos, aquella sorprendente época de oro, donde reinaban en el género voces tan grandes y disímiles como Benny Moré, Olga Guillot, Toña la Negra, Agustín Lara, Pedro Vargas, Daniel Santos, Bienvenido Granda, Orlando Vallejo, Lucho Gatica o Panchito Riset, por mencionar algunos. El bolero le abrió un espacio para que él irradiara, y con ello fue, palmo a palmo conquistando los azorados sentimientos de viejos y jóvenes, de amantes taciturnos o pasionales, y hasta de aquellos borrachitos de pesado olvido que salían distintos del bar cercano a mi primera casa en este mundo.

Transcurrieron largos años de intenso quehacer, de fulgurante discografía, de elevarse hasta el cielo para clavar allí, por siempre, temas de amor que nadie cantaría nunca más como él, o en los que será, para siempre, obligada referencia, como una marea inevitable que muerde los bordes apagados del recuerdo. Y caso insólito, estando en Cuba sin estar, ya cuando decidió que los regresos eran imposibles, fue de los pocos que tuvo programa radial propio, como si en su sentir anduviera toda la memoria de un pasado glorioso que el pueblo no se cansaba de avivar. Durante más de treinta años, cuando se abría sobre la capital cubana el mediodía de entrecruzadas somnolencias, la voz de Vicentico Valdés entraba en las casas anunciando que seguía escondiendo los aretes de la luna, en un espacio de lunes a viernes emitido en la COCO “el periódico del aire”, una emisora que supo mantener ardiendo el rostro de lo que habíamos sido.

El 26 de junio de 1995, el cuerpo que contuvo las sangres misteriosas de Vicentico Valdés, dijo adiós al cielo de Nueva York, y todos los cielos se hicieron plomizos ante la noticia que La Habana no supo oficialmente. Al siguiente día, como todos esperaban, su voz volvió a inundar las ondas de la vieja emisora desde el programa “Vicentico en la tarde”. Eran las cuatro tras el meridiano, y él continuaba, burlón, pausado, con un decir tan aplastante como si a uno le entrara por los oídos un arroyo de ardiente melaza. Seguía prometiendo hacer un collar con los aretes selenitas.

Creo que siguen allí, guardados con celo y amor, en el fondo del mar que ahora me separa de mi tierra. Y es la voz de Vicentico el brillo que me acerca a los dolorosos arrecifes.

Ramón Fernández-Larrea, en Barcelona y mayo del 2003