Kabiosile

Ramón Veloz

Llegó cuando el campo había sido tomado por otras voces, y no le importó mucho, porque no lo sintió como amenaza o competencia, sino como reto, para hacerse un sitio en el brillante lugar donde todos cabían. Su instinto no le traicionó, y poco a poco, gracias a su simpatía natural, a esa voz de tenor donde cabían las más variadas melodías, y a la constancia, se fue instalando en el alma del cubano, que aprendió a no olvidarlo.

No puedo precisar cuándo fue llenando con su voz todos los espacios de mi casa, de mi barrio tranquilo, de aquel pueblo rodeado de montes y tierra, como algo familiar y común, en esa cotidianidad que se parece a la gloria. Aquel grito de guerra que lanzaba su esposa Coralia Fernández, cada domingo, al borde de las siete de la tarde, cuando el temor al lunes comienza a rondar las casas y los corazones; lo convocaba, nos convocaba, a una fiesta distinta, que era el guateque campesino donde su gracia y su complicidad nos lo convertían en padre y amigo.

Entonces yo era incapaz de pensar, ni por asomo, que aquel hombre elegante y con rostro de vecino alegre, que navegaba por el alto y caudaloso río lírico de “Tabaco verde”, había comenzado cantando tangos y guarachas. No le imaginaba el acento rioplatense, la bufanda gardeliana embozándole el sentimiento de barrio amargo, cuando él era abierto y campechano, lleno de esa alegría que da el saberse pensado, citado, comparado, aplaudido.

Había nacido en La Habana, el 16 de agosto de 1927, y eso lo hacía cercano y similar a mi padre, que también susurraba, con su poca pero entonada voz, temas de amor de complicidad cálida que Ramón Veloz cantaba con un temblor casi íntimo. Ahora sé, porque lo dicen los especialistas, que era tenor, y que comenzó en el arte no como cantante, sino como actor dramático en radionovelas, de aquellas que sembraban a la familia completa alrededor de un  transmisor. La primera, dicen, se llamó “Los ángeles de la calle”, y había sido escrita por un genio que también inventaba canciones no tan secretas, muchas de las cuales llevaría Ramón Veloz a su expresión más alta, convirtiéndolas en sucesos. El genio se llamaba Félix B. Caignet, y la versión que hace Veloz de su “Frutas del Caney” siempre me hace estremecer, porque le encontró un aire entre nostálgico y lírico que no ha tenido en otros cantores.

Pero en Cuba las frutas no nacen solamente en el Caney. Vuelan por el aire ardiente de la isla sus aromas sensuales, acompañados por la humedad de la tierra donde brotan, con un esplendor que espanta y alegra. Por eso el campo cubano está en cada rincón, en la ciudad profunda, bajo los lechos humildes de las ciudadelas misteriosas, y se le respira hasta en el oleaje repiqueteante de un yambú, o una buena columbia en los puertos. Ramón Veloz, campesino de ciudad, se dedicó entonces al género, esa música que tiene laúdes y sonoridades canarias, bien mezcladas con un lejano pero palpable lamento del África más mediterránea. Y fue rey, o casi rey, como un príncipe popular y asequible, que es a veces mejor que ser rey. Un embajador del género campesino que convocaba, bajo su nombre sonoro, a un guateque dominical en la sala de cada casa de un país.

Le he hallado al filo de 1950, integrando aquella menuda tropa que Ñico Saquito componía y descomponía, pero que resultó ser más una esencia que un pretendido trío, cuarteto o conjunto musical: Los Guaracheros de Oriente. Con ellos dejó sembrada su voz Ramón Veloz en los surcos de un disco. En ciertas tardes nebulosas, cuando el fantasma de la nostalgia echa su sombra por mis ventanas tan pegadas a otro cielo, suelo escucharle en aquella invencible versión de “Jaleo”, una de las picarescas creaciones de Ñico. Pero la que me triza el alma, y me obliga a salir buscando las primeras sombras de la noche catalana es su sentida interpretación de otra joya del mismo autor: “Al vaivén de mi carreta”, que recupera, en la gorjeante garganta de Ramón Veloz toda la carga de tragedia empozada en el alma del campesino de mi tierra.

No fue en la guaracha donde impuso su más amable recuerdo, su galanura de guajiro citadino, falso, pero aceptado por todos, como el galán que puede y sabe encender un convite, sino en las criollas, boleros, canciones, puntos y, como último, definitivo y más amplio territorio conquistado, la guajira, a la que le imprimió un aire diferente al de Guillermo Portabales.

La muerte no le dejó llegar a esa plenitud que ya avisaba. El mismo día que iba a cumplir 59 años, un 16 de agosto de 1986, tañó con amargo estrépito el canto del laúd. Cayeron los sombreros y echaron a volar las pañoletas de todos los guajiros que sentían ese día como propio. Se iba el caballero, el hombre solícito, una referencia del fervor de la tierra, del canto del monte que alegra y acompaña. Se acabó la canturía, aunque cada domingo, cuando la tarde tiende su nube cansada en el bajío, la voz de Coralia Fernández le llame y nos apure para que rompa el júbilo de las guitarras.

Yo siento, en la lejanía de algunos domingos, a esta hora distinta del otro lado del océano, que renace la voz de Ramón Veloz -que se multiplicó en hijos y nietos continuadores- y sobre el mar, que se transforma en campiña, surge un canto muy dulce de Eduardo Saborit. Tal vez aquella versión de “Noche de Veracruz”, del inmortal Agustín Lara, que el cubano cantaba como si navegara por el río Cauto, acariciado por lejanas señales.

O ese himno de amor que nadie ha cantado con el latido de un conmovedor sentimiento, “Amorosa guajira”, de Nené González Allué. Se cierra mi distante madrugada y estallan las frutas en la memoria, mientras Ramón Veloz hace que se ilumine el otro lado del mundo cantando un reclamo que siempre repetirá: “Ven, amorosa guajira,/ que ya nada me inspira,/ ni el canto del ave que surca el azul.// Ven a alegrar mi bohío,/ que hasta el lecho del río se ha vuelto sombrío/ porque faltas tú”.

Entonces, caballos oscuros y desesperados, destrozan el horizonte.

Ramón Fernández-Larrea, en Barcelona y agosto del 2003