Kabiosile

Miguelito Cuní

El día que los dioses se ocupen más del corazón y sus alrededores; cuando sean capaces de sentir la sangre celestial arder, y aprendan a llorar de pena, o no se avergüencen de la alegría, o esa alegría se parezca más a la de los vivos, entonces buscarán a Miguelito Cuní, para que les enseñe el júbilo de soltar la vida por los pulmones, fundar una nube de espléndida redondez con su canto, y que su sombra proteja a los mortales.

El día que los mortales necesitemos una raíz, que defienda y ejemplifique la serenidad con que ha de vivirse la vida; o cuando pretendamos no tener dioses en el cuerpo, sino algo más cercano, vivo, doloroso y alegre, propongo que se mencione, como un conjuro rotundo, el nombre simple de Miguelito Cuní.

Él llegará con su cara de negro asombrado, que no quiere incomodar a nadie, debajo de aquella pachanguita risible con la que ha de andar atronando la eternidad. Sonreirá, para que el diente de oro ciegue a todos, y les haga pensar que sólo tiene riquezas en la dentadura, cuando el tesoro real lo lleva dentro y lo comparte incansable, como una lujuria infantil, que nada tiene de pecado.

El próximo siglo, que ojalá no destruyamos desde ahora con nuestro egoísmo y nuestros rencores, los novios de todos los sexos pudieran mirarse sin hablar, y que sea Miguel Ángel Conill quien hable por sus bocas, y les brote de la piel como un dulce remordimiento, o como un país de amor a construir.

Entonces la felicidad no será una dádiva, ni la suerte de unos pocos elegidos, ni durará las gotas que a veces dura, en el torrente inabarcable del amargo río de esta vida. Uno abrirá las puertas y verá una calle de Pinar del Río, por donde camina Miguelito Cuní, que va a lanzar esa noche su voz, como encantador de serpientes, con la “Orquesta de Jacobo Rubalcaba”, o “Los Caramelos”, o el “Septeto Caridad”, que dirige el Niño Rivera desde su tres aventurero, o el “Lira”, que tiene al frente a un músico con nombre de folletín: Margarito Santacruz. Tal vez unirá su canto al “Yamilé”, o se encamina a la emisora de radio, donde la “Orquesta de Fernando Sánchez” le espera para empezar su programa.

El día en que el tiempo humano no sea igual a un potro furioso, que avanza dejando pedazos de luz en las hierbas, y que el ayer no sea irrecuperable más que en los sueños o en la cansada voz de quien rememora en un portal, y el futuro haya pasado también y el año anterior aún no haya llegado, Miguelito Cuní tendrá todos los 8 de mayo de 1920 que necesite para nacer, y en cada hora vendrá a nosotros, soltando zetas de finura, con esa voz de negro viejo, que es como el eco del monte, donde las piedras y las hojas tienen también el sonido de lo que puede suceder. Así vendrá a la gran ciudad, bajo esa nube diminuta que es su sombrero de pachanga, para juntar las alegrías más diversas, como si fuera 1938 y él piense que la vida es una lucha eterna. Volverá a prodigarse, sin horarios, simultáneo y feroz, con la “Orquesta de Ernesto Muñíz”, y desde Monte y Prado viajará sobre el sonido hasta la cofradía de “Arcaño y sus Maravillas”, para convertirse en prestidigitador de un aire nuevo. Volverá a conocer, lo mismo en el amanecer que en el crepúsculo, al ciego de todas las magias que se llamará también, en cada cuerda, Arsenio Rodríguez, y Miguelito clavará en el cielo “El guayo de Catalina”, para que los cangres de la yuca también le hagan coros de picardía.

Si todo sucede como lo pido, entonces volverá a ser 1949 todos los días, para que él retorne de aquellos tres años pasados en Panamá, y su grito salvaje arrastre nuevamente los cascabeles cabizbajos de su modo en el bolero, otra vez y siempre en esa casa propia que fue el “Conjunto de Arsenio Rodríguez”, a donde regresaba puntual tras recorrer caminos. Así nuestros padres, los hijos de nuestros hijos, sus nietos y biznietos, le veremos grabar, como si fuera una inacabada primera vez “Quimbombó que resbala”, otro de los himnos perpetuos de su alegría derramada. Siempre lo preguntó y no le respondimos, pues él también quería un tiempo sin antes o después, sin ayer u hoy, y que todo se convirtiera en mañana, para que las cosas sucedan multiplicadas y repetidas, girando de muchas formas en nuestro interior. “¿Es posible comer el lechón hoy, y matarlo mañana? “ inquiría en esa espléndida gozadera que se titula “Lechón y bachata”, cuando el rey del viento, Félix Chappottín, se quedó al frente de la nave de Arsenio en 1950.

Con aquella trompeta, que es espada hendiendo la madrugada de lo imposible, hizo la voz de Miguelito un contrapunteo insólito, donde también las teclas negras y blancas de Lilí Martínez ponían el hervor del delirio. Con ellos, como un mosquetero muy serio, echó sus últimos años, los que no quiero para él, porque no me conformo con el fin de las cosas. Revitalizando por doquier otro pregón que anuncia plenitud más que una cotidiana mercancía, “El carbonero” resonó en todos los confines de la memoria, con una cadencia inolvidable de aceleraciones alegres, plena su voz rajada, como salida de aquel saco de yute para dar lumbre y calor.

Si los sueños se cumplen, de vez en vez serán los años 50, y sucederá de nuevo lo que una vez pasó: habrá un bar con su barra y sus cervezas, y Benny Moré tragará largos sorbos mientras echa monedas en una victrola. Siempre elige un tema cantado por Miguelito, que le observará, como ya hizo, sin comprender nada de nada. El Bárbaro del Ritmo se girará feliz hacia él, y tras beber la última profunda espuma de su vaso, dejará en el espacio esta sentencia: “Coño, mulato, pero qué bien canta Cuní”. Esa escena, repetida en la noche o el mediodía de un universo eterno, evitará que exista un día 3 de marzo de 1984, cuando, de un golpe atroz de muerte, voló su sombrero tejido hacia todas las partes de la nada.

Pero si un día el mundo es mundo, como ha de ser y no como nos mutila, pido que Miguelito Cuní cante “Convergencia” cada amanecer. Sólo entonces los dioses de cualquier pelaje, los novios de toda edad o sexo, los niños que van subiendo a fundar su dolor y su dicha, tendrán el himno verdadero para que los humanos amanezcamos más en paz. Sin remordimientos ni tristeza, cuando la vida salga de la boca de Miguelito Cuní, en un tiempo repetido que no es el tiempo, ni ayer ni mañana, fundando la nación donde cabemos todos en el sueño.

Ramón Fernández-Larrea en Barcelona y octubre del 2002