Kabiosile

Merceditas Valdés

Su voz bajo la noche profunda de los santos.

Su garganta llamando, tierna, espléndida, tímida en ocasiones, clamando por el abrigo y la protección, o la luz que guíe los pasos de todos, en los caminos que trazaron en África aquellas sombras trasplantadas a un mundo nuevo donde ella solicita, ordena, saluda, implora, derramando dulzura en la sangre atronadora de los orishas.

La voz de Merceditas Valdés, nacida en La Habana el 14 de octubre de 1928, abrigada por Oshún y Obatalá, mecida por el mar por donde desembarcaron la sangre y la agonía de sus ancestros. Príncipes perdedores, guerreros con el corazón trastornado por el viaje a ninguna parte, que fue el inicio de todos en una isla a veces maldita, otras, abierta a la inabarcable dulzura y a la interrogación.

Su aire respirando el mismo ritmo soñoliento de Babalú Ayé, cubierto de llagas en la noche estremecida que se pierde en los tiempos.

Su corazón de hoguera que se nos muere, incendiado en la fiebre de Changó, que atemoriza la estatura del laurel, que desentierra su remota sangre bravía bajo las nuevas ceibas.

Se estrenó en aquel duelo de grandes que fue La Corte Suprema del Arte, espléndida y menuda, como el triunfo de un continente desconocido, oscuro, que fundaba un rostro diferente en mi tierra.

Hay que cerrar los ojos cuando le canta a “Lacho”, esa canción de cuna que trae el rumor de los ríos memorables de la selva. Hay que mirarla en el redoble feroz del tambor cuando se agacha y se vuelve oscuridad, recogida sobre su corazón, hablándole a Elegguá para que abra las puertas que dejan entrar la vida con sus dobles espadas de agonía.

La dulzura infinita de Mercedes Valdés, Merceditas, en el bramido de la historia, dibujando los vientos hondos de nuestra raíz, cuando el sabio Fernando Ortiz nos contaba de dónde veníamos y a dónde vamos, allá en los años 40 y 50, cuando la faz del cubano dejó de ser completamente blanca, únicamente blanca, para mostrar al sol los líquidos desenfadados de nuestro mestizaje orgulloso.

Fue entonces la ilustradora de toda la gran herencia, el sonoro caudal de los comienzos y los finales. Cantó los cantos que todos murmurábamos con vergüenza. Los hizo cotidianos en la fe oculta de la sombra. Los iluminó para que fuéramos también el río Limpopo, el Zambeze, el Cubango o el Ubangui, en los fantasmas transmutados de una esencia lejana que hizo la insondable esencia nuestra.

Quién sino ella iba a protagonizar aquella “Rapsodia negra”, que dirigió Enrique González Mántici en CMQ Radio, en 1951. Sus orishas de piedra, sus dioses vegetales, así lo quisieron.

Con la Compañía de Ernesto Lecuona salió a decir al mundo las verdades de la raíz que nos conectaba a otras razas. Así fue el espectáculo “Zun-zún Babaé”, en los mares del mundo, para que las viejas ciudades de la conquista observaran la carne de su mala hazaña.

Ella no se ha ido.

Los tambores batá la invocan en la serenidad de los remansos. Noches de luna en que Osaín vigila y donde caza, emboscado en el tiempo, Ochosi.

Ella ha sido la flecha y la gacela.

En 1996, la que Fernando Ortiz llamaba “su pequeño aché”, dejó su canción en el aire. Entre las lianas de la noche sigue enarbolando su silbido. Se hizo espuma, pulpa de fruta fresca, el rocío que cae sobre la ceniza.

Huyó despavorida a su sustancia. Se abren las puertas del Reino de Ifá. Ella sale y sonríe.

Estamos protegidos.

Ramón Fernández-Larrea, en Barcelona, el 31 de diciembre del 2002