Luis Marquetti

Con él tenemos una inmensa "Deuda".

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Como era maestro de profesión, quiso enseñarnos a querer. O tal vez a decir de otra manera todo lo dulce y amargo que puede ir echando el tiempo en el corazón del hombre, y que le ahoga o desespera, que lo hace triste como un árbol en el que no se posa ya ni el viento. Desde la tierra roja de Alquizar, uno de esos pueblos en los que no parece verdecer nunca la esperanza, con casas bajas, donde la luna castiga más que alumbra con su luz temerosa, supo ampliar los bordes de la palabra y quejarse para siempre del amor, como no nos atrevíamos, como a nadie se le había ocurrido reprochar hasta entonces.

Dicen que los humanos no sabemos valorar el fuego de la dicha hasta que no nos quema o se pierde. Creo que Luis Marquetti  Marquetti, doble él mismo, espejo de un sueño oscuro, nacido el 24 de agosto de 1901, en medio del primer verano de un nuevo siglo, le hirieron desde temprano las espinas de la desesperanza. Por eso soñó con lo que no tuvo, y supo cantar también a las esencias de lo que poseyó. Humilde, oculto, maestro de pueblo polvoriento, en la paz de un tiempo redondo que trae días gemelos y similares. Y su palabra tuvo tan sorprendente eco que el mundo amó y lloró con sus verdades, sus “Deudas”, sus “Plazos traicioneros”, en esos versos que nos mordieron para siempre la piel donde se posan las muertes cotidianas.

El hombre humilde de piel azabache, hijo de Joaquina y Luis, un capitán del Ejército Libertador, hermano mayor de prole numerosa, que no conoció las amargas dulzuras del ocio, pues sus vacaciones eran otra búsqueda de ayuda económica, y que dejó de soñar con hacerse abogado o médico, sólo nos dejó setenta y seis boleros para que le cubra la eternidad. Puede parecernos poco si se aspira a ese fogonazo, a veces vano, que solemos llamar la gloria. Otros han dejado kilómetros de palabras que el viento roba y no se lamenta luego su pérdida. Luis Marquetti, compositor de mediana suerte en sus primeros cuarenta y cuatro años de vida pausada, puede encender el fuego que nos salva del olvido humano solamente con su primera canción, aquella que le dictó a su hermana una tarde de 1941, cuando el chispazo de la inspiración le derramó hacia el mundo un canto a la madre. No hay otra manera mejor desde entonces, que acercarnos a quien nos dio la vida con aquella letanía suya que, muchos años después, Antonio Machín llevara a todos los cielos posibles, con su voz de implorar perdones innecesarios: “Madrecita del alma querida/ en el pecho yo llevo una flor/ no me importa el color que ella tenga/ porque al fin tú eres, madre, una flor”.

Esperó hasta 1945. No importaba. Como si su segundo oficio en esta vida fuera aguardar por todo y por todos. Al fin y al cabo era un hombre calmado donde se cocinaban lentos sueños. Y tenía a mano la mejor historia de amor de este mundo, la suya propia, la historia simple y duradera de su esposa Aida, la joven maestra que abandonó la capital buscando trabajo en su pueblo. Se habían casado en 1935 y le duró toda la vida, que así saben querer los poetas que  luego pretenden enseñarnos la estatura del amor. Tal vez a ella dedicó dos de sus más melancólicos temas de fuego: “Allí donde tú sabes” y “Me robaste la vida”, que no son gritos de desesperación, sino de una ternura lenta, que reposa en el fondo humano de la diaria ternura.

La espera fue fructífera. Él se había quejado de la vida, pero como sabiendo que todos los versos que le bullían en el pozo claro del corazón tendrían su momento. Lo dijo en un bolero que suena a mal querer, y que desde su estreno, ocupó el aire ardiente que escapaba de las ventanas de bares y prostíbulos; un trino impaciente, de los pocos que pudo permitirse: “Cada vez que te digo lo que siento/ tú siempre me respondes de este modo/ deja ver, deja ver/ si mañana puede ser lo que tú quieres” para terminar con un razonamiento que es sentencia incontestable, punzón de fuego a las más férreas corazas: “si mi Dios es tu Dios/ para qué quiero estos plazos traicioneros”.

Ese año 45 escribió, en tres minutos según su propio testimonio, la primera pieza que le abriera la luz de los buenos caminos. Se llama “Deuda”, y conquistó de inmediato al universo hispano con sus suaves reproches. Pedro Vargas se enamoró de aquel bolero que hablaba, sin mencionarla, de las perfidias de ciertas mujeres, y de los afilados colmillos del amor imposible. Pero fue el gran Roberto Faz quien lo hizo himno y le derramó encima sangres violentas de su pecho, para que nunca olvidáramos lo que duele querer, y mucho más, la garra inclemente del olvido.

A partir de entonces hubo otro cielo para aquel enjuto y aparentemente triste maestro de pueblo pequeño, porque en el cielo de otras distancias, sus razones de amor eran cantadas por las mejores voces de la época, Lucho Gatica desde Chile, y el tenor de América bajo las estrellas de ese universo que supo conmover, extendieron la sencillez dolorosa de una de sus inolvidables creaciones. Y hasta hubo película con su título. Desde entonces, los amantes supieron reprocharse con sutil parsimonia, susurrando aquellos versos magníficos que dicen: “Me duele saber de ti/ amor, amor qué malo eres,/ quién iba a imaginar que una mentira/ tuviera cabida/ en un madrigal”.

Luis Marquetti quiso ser infinito y casi lo logra en cuerpo y alma. La muerte física lo llamó el 6 de junio de 1991. Comenzaba otro verano en mi isla; otro, como aquel, noventa años antes, donde abrió los ojos para asombrarse y asombrarnos. Vivió tranquilo en su pueblo de terrones encendidos, en una casa de lentas maderas en la avenida 89.

Debajo de su techo se forjaron páginas imborrables, que el viejo maestro, que comenzó tarde a ensartarlas, regaló al hombre para que todo le alegre y le duela. Para que sepamos que “un querer que nace en una mesa/ entre espumas se debe sepultar”, y alcemos con él el inmenso vaso de esta vida, que hubiera sido, tal vez, más terrible sin él.

Ramón Fernández-Larrea    en Barcelona y mayo del 2003.

Luis Marquetti fue uno de los grandes compositores del bolero, a lo largo de contemporáneos como Orlando de la RosaPedro JuncoRené Touzet, Mario Fernández Porta, Isolina CarrilloOsvaldo FarrésFelo BergazaAdolfo Guzmán y Juan Bruno Tarraza. Marquetti fue el autor de la canción Deuda, popularizada por una variedad de músicos dentro y fuera de Cuba. Llegó al gran público a través de la voz de Pedro Vargas, quien contrajó a grabar Deuda para RCA Víctor en Nueva York. Entre 1946 y 1957 tuvo más de 30 de sus obras interpretadas por más de 100 artistas. En la radio de Cuba sus éxitos fueron realizados por la Sonora MatanceraDaniel SantosCelia CruzLeo MariniBobby CapóCelio González y Vicentico Valdés. En la década de 1950, mientras la música popular obtuvo una audiencia a través de la venta de discos de 45 RPM, la obra de Marquetti se extendió por toda la isla. En 1984 la empresa de grabación Areíto (EGREM) sacó una recopilación de sus grabaciones anteriores llamada Un Nuevo Corazón. Su música se encuentra en la televisión cubana, sobre todo durante la década de 1980. Sus canciones se utilizaron en el cine cubano tanto como el mexicano desde la década de 1950 hasta la década de 1990. Sus temas también han aparecido en el ballet cubano. En mayo de 1952 el cantante y compositor boricua Bobby Capó rompió las barreras discriminatorias impuestas por CMQ, la más importante red en el país en ese momento, que se negó a promulgar el trabajo de Marquetti debido al color de su piel. Cuando Capó incluye a Deuda de Marquetti en grabaciones que hacía en Nueva York, un representante de la red manifestó el problema, pero Capó se negó a excluir dicho bolero. La canción fue luego incluida, pero no oficialmente. Más protesta de Capó y otros trajeron suficiente presión que Deuda fue al final correctamente incluida en el programa. En los últimos años Deuda ha sido grabada por Cheo Feliciano y, refrescando una versión de Arsenio Rodríguez, fue incluida en el disco Buena Vista Social Club, cantada por Ibrahim Ferrer.

Por Wikipedia

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