Kabiosile

Guillermo Portabales

Alguna vez confesó cantando que era hijo del Siboney, aquella raza exterminada de mi tierra por la espada y la cruz extranjera. Tal vez fue su manera de decir que pertenecería a la vasta memoria del dolor.

Como dolorosa fue su otra confesión de doble amor, abierto su corazón a dos islas, avizorando su muerte en una desde la otra, mientras lloraba de extrañamiento más tarde en la que guardaría sus huesos. Dos islas en su pecho, y, en medio, un mar caliente de guajiras lentas, elegantes, bucólicas hasta enfermar de tanta palma que susurra, y la vastedad de pájaros aleteando junto al arroyo de la ensoñación.

Con su voz entró el campo cubano al egoísmo de la gran ciudad; sus montes de añoranza, y el campesino solemne que enarbolaba su soledad a gritos.

Él anunció esa gigantesca capacidad de amor que tiene el hombre de la tierra; lo hizo aire en el mismo aire, para que nadie fuera sorprendido en el asalto: “Tú verás cómo quieren los guajiros/ tú verás”.

Quien le escucha, deja entrar en su sangre la naturaleza bravía de mi isla; los ríos que escapan de la sierra, el zumbido diminuto del tomeguín, la paloma augurando el crepúsculo, para que vengan a instalarse las estrellas límpidas sobre el fulgor de los mangos. Y bajo el cielo adormecido, un hombre recorre los caminos, hecho de fuego y madera, tierra profunda él mismo en el aroma de una savia que no reposa.

Lo consideraron rey de un género, la guajira de salón, que puede sonar muy ajeno a la telúrica pasión del montaraz, y cuyo padre fue Jorge Anckermann, con la obra “Toros y gallos”, puesta en escena en el teatro Lara, en septiembre de 1899. Las voces de Pilar Jiménez y Adolfo Colombo sembraron en el viento esa joya titulada “El arroyo que murmura”, primer tema de un estilo que esperaba la gracia sencilla de Portabales para otorgarle el cetro.

Fue dueño de la picardía y del fervor. Rodeado por guitarras de limpia canturía, su voz, levemente acerada, dice, con sorpresivo reposo las palabras mágicas del monte, como si con esos conjuros fuera creando el olor salvaje del entorno, dibujándolo en el interior humano hasta hacerlos respiración y contraseña.

Se llamó en los papeles de los hombres José Guillermo Quesada, nacido en Rodas, zona montañosa del centro de Cuba, y desde aquel 6 de abril de 1911 le persiguió como un incendio el esplendor del tocororo. A la manera de un príncipe que inaugura su estirpe, debutó a los 19 años en la emisora CMHI. Pero su sombra tuvo trono en 1939, cuando grabó “El vaivén de mi carreta”, el quejido aplastante que Ñico Saquito escuchó en el alba de los pobres.

Ya había descubierto tres años antes la isla semejante que sería su segundo amor y su tumba: Puerto Rico. Por ello es múltiple, diverso, hombre de dos paisajes que en esencia se unen bajo el calor del Caribe. El punto guajiro huele a veces a jíbaro en la cuerda de su inquieta sangre inacabada. En Borinquen estableció su corazón a partir de 1953, por negarse a cantarle a un dictador.

El año 1944 le bañó de esplendor en la patria cubana. El pueblo le encontraba diariamente en “Rincón criollo”, un programa radial de la CMQ, que escuchaban hasta las piedras del camino. En 1948 repitió la fórmula, multiplicándola. Guillermo Portabales entraba a los hogares a las diez de la mañana y a las nueve y treinta de la noche, y fue uno más en la familia, hijo y hermano, la dulce esperanza de un paisaje distinto en la asfixia de muchos.

Fundó sonidos distintos: un conjunto con su nombre, y los tríos Habana y Cuba.

Ya había cantado, con el certero dardo de Rafael Hernández, estos versos premonitorios: “Como yo no soy de piedra/ algún día moriré./ A mi borincana tierra/ mis despojos dejaré”. Fue su despedida latente. Su legado.

En 1960 grabó un manojo de canciones en Radio Progreso. Salieron editadas en lo que resultó ser su más amplio y defitinivo éxito disquero: “Aquí está Portabales”, como anhelando permanecer entre nosotros. El tiempo cruel no le permitió más regresos. El 25 de octubre de 1970 moría en un accidente de tránsito en Puerto Rico.

Las palmas, los arroyos, la yagruma solemne, la caoba de triste reciedumbre, todavía le esperan. Y en lo que se decide a regresar, está en ellos.

Es el amanecer y sus contornos. Lo van silbando los arrieros. Sube y baja del monte. Se ha confundido con la tierra.

Ramón Fernández-Larrea en Barcelona, enero del 2003.