Kabiosile

Fernando Collazo

El hombre que parecía haberlo logrado todo, que miraba rendido el mundo a sus pies, decidió, un mal día, dejar a Dios llorando y se marchó, por alucinación o delirio; tal vez por tristeza, pero de mano suya, misteriosamente. Ahora escucho su voz por vez primera; La Habana resurge, desconocida y frenética, y se me posa mordiendo el corazón. La Habana elegante, iluminada, bajo la brisa del salitre a la que siempre regresó, y donde le esperaba un disparo funesto la tarde del lunes 16 de octubre de 1939, para que se apagaran, con ese eco, las alas de los pájaros que atravesaban la ciudad.

En nueve años lo había logrado casi todo: las más hermosas mujeres, a quienes prometía en un danzonete “arrancar las pupilas/ las pupilas de tus ojos/ donde está mi corazón”; el delirio del público, la aclamación en la joven radio, el entusiasmo de los mejores sastres, los relumbres de París y Nueva York, y el aplauso de un rey de Suecia, que tal vez sintió su sangre invadida por la corriente del Caribe aquella única vez.

Alejo Carpentier lo describió para la sociedad habanera desde la revista Carteles con estas palabras de casi alabanza femenina: “un mozo inteligente y bien plantado”, y parece que era cierto, porque a una voz mesurada y a una contenida manera de cantar, unía su alta estatura y unos portes de príncipe que nadie sabe cómo heredó en San Antonio de los Baños, el pueblecito junto al río Ariguanabo donde naciera, en 1909, para ser un extraño tabaquero que le imprimía una música distinta a las hojas de los puros que más tarde, en lejanas tierras, asombrarían a todos con rítmicos juegos de humo gris.

Las calurosas naves profundas donde se construían esos instrumentos de placer que usaban los indios, le vieron pocos años. En 1930 dejó que su sangre natural corriera libre y se instaló en la música, sin pensar que iba a tener tan poco tiempo para amar y asombrarnos. Con 21 años recién cumplidos fundó su Septeto Cuba, en la corriente sonora de la época, cuando ya esas agrupaciones mezclaban las extrañas mieles del son en ascenso con el elegante danzón, pariendo un hijo muchas veces incomprendido en su fusión: el danzonete, cuya primera fórmula había ensayado, con relativo éxito de bailadores, el matancero Aniceto Díaz bajo un cielo cercano en 1929.

Hoy tengo su voz, rescatada en el tiempo que ni siquiera pudo atesorar la memoria rocosa de mi padre. Le descubro grabando en la Gran Manzana con la orquesta de Armando Valdespí, la semilla de unos tristes boleros que aún no habían perdido el misterio, como de orfebrería menuda, a medio camino entre los oropeles de la vieja trova y los incendiarios culebrones cantados que iba a traer este mundo una década después. Canta sereno, como si fuera un acto más de su vida, un hecho natural, sin necesidad de adornar más sus gorjeos. Un entrenamiento que practicaría más tarde bajo la batuta del mago de las teclas, Antonio María Romeu, y que le llevarían, en los tormentosos años que precedieron a su huida estruendosa de este mundo, a fundar otro sueño: la orquesta Habana que al transformarse sería, como recordando el color de lo efímero de aquellos habanos que construyó de joven, la orquesta Gris.

Asombrado y distante le he seguido los pasos a esa voz, hasta completar al hombre mortal que parecía el más satisfecho de todos, aquel que se dejó amar, y quien, según testimonios, fue el primer músico popular que ganó el suficiente dinero para recorrer la ciudad en automóvil propio. Hasta sus más cercanos, esos que ahora, en la telaraña del tiempo le vuelven a sentir como un fantasma cálido en la noche, a orillas del Sena, o en los estudios de la emisora COCO de la capital cubana, repiten las versiones de espanto que corrieron de boca en boca, cuando dejó su cuerpo sin sangre aquel lunes de octubre. Aparecen rumores de asesinato, de suicidio por incomprendida impotencia sexual, de crimen político, y hasta de muerte por miedo al escándalo, porque alguien descubrió la despiadada historia de sus supuestas inclinaciones prohibidas, en una relación con un modisto catalán, su amor más feroz.

Nadie acertó. Ninguno pudo ver, tras el impresionante corpachón de Fernando Collazo, el corazón de cristal delicado que le llevaba por la vida, con insatisfacciones y deseos, con un ansia de amor a una sola mujer, como un Quijote desolado que le obligara a partir, en los senderos de la muerte infeliz, ante el miedo a perder a su dama, que ya movía el picaporte para alejarse del hogar cuando su corazón no le pertenecía.

La llamó para siempre con ese disparo que todo lo hizo inútil. Clamaba por ella en el suelo de aquella habitación, cerrada con los cerrojos del miedo y la sombra. Supo morir como los caballeros, inmolarse en la hoguera de su ilusión, sin comprender que nos dejaba huérfanos bajo la marquesina de su nombre, la tarde de un lunes cabizbajo, en un cuarto de la calle Figuras número 20, en la capital musical del universo.

La mujer que se llevaba su amor tenía, aún en aquellos minutos inundados de pólvora y desaliento, un nombre de novela radial del mediodía: Mirta Isabel Parrondo. No sé qué pudo sentir al acudir ante el disparo infame, y contemplar, tendido en un charco de penas rojas y palabras no dichas, ese pasado suyo que se iba convirtiendo en olvido bajo las sombras indiferentes de La Habana.

No llego tampoco a imaginar con qué ojos vería, en las tardes futuras del siglo, aquel documental, Maracas y bongó, dirigido por Max Tosquella en 1932, y que ha resultado ser el primer corto sonoro de nuestra historia. Lo digo porque Fernando lo había anunciado mucho antes, en un tema de Valdespí titulado Mi corazón en tus pupilas, que grabó en Nueva York el 9 de octubre de 1935, donde soltaba al aire un secreto tan plomizo como la bala que le mordería cuatro años más tarde: “Me dirán que es posible adorarte/ desde el otro mundo/ con tanto fervor”.

Hoy que adivino que su voz será otro sonido que me acompañará para siempre, cuando intento atrapar en la distancia el humo de grises volutas que comenzó a salir de su fantasma cargado de pena, y el olor de aquel mundo de entreguerras, que resulta maravilloso en el ardor balbuciente de los más viejos, no imagino cómo pudo la ciudad seguir desperezándose en la neblina de su ausencia.

Gira el disco donde está guardada su muerte infinita. Desde ese misterio sale su voz, casi calmada, anunciando el horror que ya estaría acumulando. Le escucho decir, en la cadencia de un bolero que guarda amargos compases de contrabajo, estos versos: “Cuando sólo me quede un momento de vida/ y no pueda luchar por tu amor,/ llamaré a los dioses que saben/ lo grande y sincero que fue mi querer”. Aquella tarde los llamó.

Su tronante clamor también comienza a perseguirme.

Y en las paredes de mi casa lejana, las brillantes volutas de otro humo dibujan un corazón que se deshace.

Ramón Fernández-Larrea, en Barcelona y octubre del 2003.