Kabiosile

Fernando Álvarez

Mi madre hubiera llorado ahora nuevamente. Ella, que hacía entrar la luz montada en un bolero, y deslizaba las manos sobre el polvo de aquel mundo que fue mi casa alguna vez, como si acariciara todos los amores perdidos que contaban con música, habría sentido hoy una pena muy honda sabiendo la noticia: Fernando Álvarez, el muchacho de gafas oscuras y pullover de rayas azules, que descendía por la escalerilla de un avión inmenso en la carátula de su primer larga duración en solitario, “Así es Fernando”, ha desaparecido de mi tierra.

Tal vez volvió a subir por ellas al blanco aparato gigantesco que lleva por los cielos a quienes cantan al amor, sufriendo, hasta el lugar incierto donde se amontonan también los cariños perdidos, las toneladas de reproches, las abortadas pasiones, las caricias fantasmales, los sueños que se rompen como un murano triste con el roce del aire, y los mensajes que jamás llegaron a tiempo a sus desesperados destinatarios.

Quizás ande en la nada donde se llora aún y se conmueven, los que una vez juraron cosas imposibles, cabizbajo, sintiéndose culpable de haber incendiado tanto corazón, de regalar promesas a otros, a quienes la mala vida les impidió cumplirlas, y también, y mucho, por haber sido sincero cantándolas, dándole altura a todas esas penas afiladas que le cortaban a él mismo por dentro, y se le iban empozando lentamente en los ojos de párpados cansados, con los que una tarde me miró en una emisora, micrófono por medio, cuando quise preguntarle por qué el bolero le hacía tanto daño.

No me atreví entonces, y ya jamás se lo preguntaré. No sé si en este juego de azar le toque a mi alma andar por el cielo, esa otra nada en que tampoco creo. Es posible que Fernando Álvarez ya no esté en ese sitio, si allí ha ido precisamente ahora, con su voz lenta y pastosa, a obligar a los ángeles a ruborizarse con la hirviente pasión de los humanos. De modo que me respondo yo mismo lo que nunca le pregunté, pero he adivinado, en todos estos años de pedirle a un amor que descienda de todas las nubes y venga a posarse en la terrible realidad, que aquellos cantos de cadenciosa hondura se le fueron metiendo a Fernando venas adentro, como vidrios molidos y punzantes, hasta obligarle a un rictus de insondable desolación en el aire que le aureoleaba en cada hora. Un mal mirar de mansa tristeza en el acontecer, donde tampoco está mi madre ya, inaugurando la luz de las mañanas de mi pueblo, con aquel disco de pasta negra entre sus dedos.

Viene a esta hora hasta mí aquel mediodía santiaguero de sulfurosa esperanza, en que Fernando fue a las pruebas que realizaba Mariano Mercerón para constituir nueva orquesta. Y el susto que se llevaron su amigo Pacho Alonso y él cuando oyeron salir un mundo de verdísimos destellos, torrencial y aplastante, de la garganta de aquel mulato espigado que luego fue como su padre en este mundo: era Benny Moré. Hasta se preguntaron si ellos podrían alguna vez pararse ante un micrófono, porque la inmensidad del Benny los puso casi invisibles y tontos.

Santiago de Cuba le vio salir joven y asombrado. Allí había nacido el 4 de noviembre de 1928.

Pero Fernando aprobó aquella prueba, y fue uno más de los Muchachos Pimienta de Mariano Mercerón, en la escudería de aquel relámpago de Lajas que se apellidaba Moré. Con él viajó más tarde a La Habana, en 1953, y el Benny fue tutor y amigo, hospedándole en su casa largos meses, uno más en la tribu, que así se conocía la Banda Gigante. Y con la anuencia y el entusiasmo del Benny, Fernando Álvarez comenzó a ser más que sombra cuando aceptó suplir a otra garganta de primera, Roberto Faz, que había dejado un agujero insondable en el Conjunto Casino. Nadie como él cantó después aquel Llanto de luna, como lo dejó grabado con la agrupación de Espí. Ahora le escucho y sé por qué a mi madre se le ponía el alma de muchachita entre las flores, pues Fernando va soltando los versos de Julio Gutiérrez como una detenida marea que lo humedece todo. Pausado y aplastante, sigue en el cielo ese estilo que inauguró entonces fraseando inimitable lo de: “Ebria canción de amargura que murmura el mar…”

Después fue cuando bajó la escalerilla del enorme avión que le trajo a mi casa, a las mañanas de verdes explosiones que cuidaba mi madre, protegida y asediada por los boleros de su primer disco como solista. En la foto de aquella portada, Fernando Álvarez usaba unas gafas oscuras, como para que nadie viera que el dolor de esos amores que cantaba le empezaban a herir con bruscas raíces vivas, y se veían ya en sus ojos como un susto. Ahora no están ni él ni mi madre. El disco se perdió en uno de los tantos cambios de mi vida. Queda sólo en el aire la penumbra del filin con que dijo al mundo sus cosas, las de todos, sabiendo que la traición y la esperanza le iban cubriendo las paredes húmedas del alma. Como la lava en el cuerpo invisible del volcán. Como un monstruo marino escondido en los abismos. Como el dolor que da la simple esperanza y la alegría de hacer el universo desde el ojo diamantino del corazón. Como la hiedra.

Ramón Fernández-Larrea en Barcelona, y en octubre del año 2002.