Kabiosile

Celia Cruz

Estoy escribiendo estas palabras sobre tu cadáver, que es el cadáver de toda mi nostalgia. Y esa nostalgia, que fuera al principio solamente extrañeza y alejamiento, súbito asombro por la pérdida de mis sombras primeras y mis últimos verdes, y todo un universo impalpable, abrumador, de olores y sonidos, comenzó a convertirse en ti, a ser un poco tú, o a tener en tu música y en tu alegría una de las representaciones más palpables.

Y ahora se muere esa nostalgia y me deja solo y lejano, clavando palabras sobre la piel del viento, gritos inútiles que no le rescatarán jamás, que no le abarcan, que me ponen el día más negro todavía.

¿Quién eres, quién has sido, Celia Cruz, para que los territorios de mi tristeza tengan hoy estos oscuros rebordes, y el horizonte me aplaste? ¿Qué has hecho para, sin dejar de ser mujer de carne y hueso, convertirte de pronto en la esperanza de un tiempo que algunos días veía posible? ¿Cómo tu sangre se fue mezclando con la sangre del mundo, y tu dolor personal hinchó velas para convertirse en una injusticia, como ahora es la muerte lejos del olor de tu tierra, ese aroma que se te fue impregnando de tanto mencionarlo, de soñarlo viva entre las marejadas de la fiesta total? ¿Qué vamos a hacer ahora bajo el cielo relumbrante de una voz que nos protege y también nos desampara?

Ahora, que es un hoy prolongado en tu ausencia, quién cantará “Quimbará” con ese aullido dulce; qué voz esperará el “Negro José” para ser recriminado como por una madre; qué otra sombra magnífica aliviará la enfermedad real y los males de amores si ya no tiene el “Yerberito moderno” quien le anuncie su paso por el alba espléndida de las ciudades. Dime a qué suena en este instante, Úrsula de la Caridad Celia Cruz Alfonso, el amargo trombón que se desangra en la puerta abrupta de la partida.

¿De qué sirven estas palabras? ¿Qué importa en este momento, en que ya eres geografía mayor del ensueño, que hayas nacido persona un 21 de octubre de 1925, en un solar de Santos Suárez, un sitio de paz y magias ocultas marcado con el número 47, en la esquina de una panadería, entre las calles Flores y San Benigno, por donde se deslizó mi sombra desconociéndote? ¿Por qué desgrano palabras inertes, que no las quiero así, pero así caen y se amontonan, como cenizas de un largo canto, tus cenizas, que alguna vez estarán en el suelo de la isla, junto a tu voz, para que la fiesta de todo lo que seremos, lo que nos cercenaron por odios y egoísmos, se junte en esa paz de mesa familiar y canto, de abuelas que no escriban cartas hacia ninguna parte en el temblor augusto de la muerte. Entonces estarán el Beny Moré, Sindo, Matamoros, Barbarito, Elena, Machito, Bola, La Lupe, Cascarita, Roberto Faz, Tito, Laserie, María Teresa, los Hierrezuelo, Pacho, Piñero, Embale, Bauzá, todos los rostros de la Sonora Matancera, ese ministerio de nuestra noche prorrogable, y el Jefe Daniel y Bienvenido lanzarán sus ansias de que el país no ande como un espejo roto por los cuatro puntos cardinales.

Escribo que tu padre casi te obligó a alcanzar una profesión “decente”, en una época en que ser negro y pobre era como un castigo; y lo complaciste a medias, porque la música estaba marcada con fuego en el hondísimo arroyo de tu alma. Lo escribo sabiendo que ya lo han dicho hasta el cansancio, pero de alguna manera quiero que te quedes un poco en esta soledad que lleno de palabras para engañarme. Y me hubiera gustado estar en aquel concurso, “La hora del té”, donde te montaste en un tango para abrir las puertas de tu vocación inalterable. Era 1947 y un año más tarde ya eras una de “Las Mulatas de Fuego”, paseando por América. Hasta que te tocó un reto mayor que iba a señalar tu vida futura: suplir la gracia de la boricua Myrta Silva en la Sonora, que era academia y cofradía.

Luego ya todos saben lo que vino. De convertirte en “la guarachera de Cuba” a instalarte, lenta y desgarrada, pero sin perder la amplia sonrisa, en “Reina de la Salsa”, eso que se vendió como género para comercializar la alegría, y que nació como canto feroz del barrio latino en una ciudad inmensa que desamparaba nuestras culturas. Y eras perfecta para ello, porque tú eras también un poco el barrio, el otro barrio, de contraseñas y hermandades, de familiaridad y desafuero, solemne y campechana, orgullosa y doliente.

No quiero hacer más historia, que esto no es obituario, sino queja. No es siquiera un reproche ante la impiedad de lo inevitablemente humano, sino un dedo en mis entrañas, en las tuyas, que es, como dije, esa gran nostalgia de un país que a todos nos arrancaron de cuajo. No eres el pasado, sino la suma de una esperanza que se ensanchó con tu entrega y tu dolor.

Le doy gracias a ese mismo dolor tuyo, que también es el mío lanzado a las aguas revueltas del mundo, porque te conocí, tarde y asombrado, para atar las puntas de un hilo que llena el círculo cortado de un mandoble. Y agradezco que tu voz vaya en mí, cobijándome, alegrándome, porque ahora entiendo las lenguas dolorosas de ese fuego que los poetas llaman, como al descuido, la eternidad.

Ramón Fernández-Larrea, Barcelona y julio del 2003