Kabiosile

Celeste Mendoza

Tengo en las pupilas la última imagen suya, viva en la llama que la rescata para siempre, en un video casero de un visitante español que la llevó al barrio chino de La Habana, curiosamente lleno de negros y mulatos que se asomaban a las ventanas y a las puertas, cuando desde el restaurante asiático salía el viento aguardentoso de un cálido guaguancó inexplicable. Celeste desplegaba a Celeste en el celeste imperio, emperatriz ella de todo, bailando y haciendo bailar; gozando y haciendo gozar, como una despedida. Porque fue toda una despedida.

Su despedida del escenario ancho que dominó con sus dolores. Celeste Mendoza enseñándonos, mulata china ella misma, nacida en Santiago de Cuba en 1930, que en Cuba están íntimamente mezcladas todas las cosas desde el origen de los tiempos. Por eso el arroz frito y el shop suey bailaban en la vajilla, repiqueteando, el guaguancó último antes del mutis por el foro.

Para mí, ella es una de las cinco puntas en las esencias de mi nación. En el final de una estrella que alumbra mi nacionalidad, sale la rumba urbana, la sombra envolvente del solar de la marginación, el inalcanzable corazón de Celeste Mendoza, a quien Yemayá le dio permiso aquí en la tierra, porque su sangre, su alto moño de rumbera suelta, sus historias íntimas prohibidas, obedecían sólo a un “Poder mayor”, y a ese poder consagró hasta el aire que respiraba y estremecía.

Quien escuche su voz –sus voces diversas y dolidas- en el futuro, y no tenga su cuerpo estremecido a mano, ni su sombra iluminada en la profundidad de sus pupilas, sepa que esta mujer nació para estremecer la música de un pueblo, el llamado aparentemente domesticado de los puertos y los solares, y fue su guía y su emblema. Que la imagine libre como un fuego que avanza chisporroteando, suelta como un animal herido, hecha una tromba que va directa al alma, con los sonidos broncos del cuero, que ella hace humanos con su temblor. Celeste Mendoza es un aullido.

Más allá de la aparente sonrisa, del rictus que dibuja para que le abramos las puertas, hay el reclamo grave de su entrega a ese “Poder mayor” del que ha sido y es sacerdotisa. Alegría y pesadumbre de su raza, entreverada en la raza más ancha de la cubanía, esa que salta del júbilo a la pena, y nunca se sabe a ciencia cierta en qué punto nos estamos moviendo. Eso que dibujó en el aire de su última noche, en el ardor de las claves y la queja húmeda de los cueros: ¿Qué es lo que no nace de la tierra, para qué tanto orgullo vano, si a la tierra bajará? Lo más importante de la vida es el tiempo. Y a su tiempo la muerte te quita el poder.

Celeste Mendoza pasó sin temer al olvido. Es la suerte de los naturales, de los grandes, de los que entregan ese diamante encendido que pulen con su transcurrir. Ella no sucedió, sigue pasando. Y el aire de La Habana, un poco huérfano, barre las hojas caídas del cielo, cierra ventanas azules, lleva y trae un canto que la vivifica y nos tiende emboscadas. Sigue diciendo para siempre: El Poder mayor reclama su deuda. Pero paga tu deuda, aquí en la tierra. Es cierto: Yemayá le dio permiso. Es la ley: que todo lo que nace, se tiene que morir. A veces no. Esta vez no.

Ramón Fernández-Larrea
Barcelona, abril del 2002