Bienvenido Julián Gutiérrez

Aurora de rosa en amanecer

KABIOSILE

BIENVENIDO JULIÁN GUTIÉRREZ

Nadie sabe qué ángel atormentado, qué río inesperado en su desorden de estrellas mustias, qué agujero en el tiempo redondo, qué agonía de luces, visitaron a Bienvenido Julián Gutiérrez el día o la noche que escribió Convergencia, y en una única y excepcional conjura entregara la letra a Marcelino Guerra Rapindey, para que aquella alucinación, aquel delirio, trajera el amor como un madero húmedo de reproches a esta costa de ahora, donde hubo de instalarse por siempre como un bastión de eternidad.

Qué bicho malo le picó, qué gotera caía, qué ruido hacía Dios en las azoteas del mundo? Eso nadie lo puede contar, ni importa ya, aturdidos ante la presencia apabullante de ese texto de aguas enrevesadas y saltarinas, y esa melodía que viene directa, más allá de la última pared del corazón, a provocar sangres que nadie ve.

Lo supe cuando Pablo Milanés rescató de las malas olas del olvido aquella canción que habla de geometrías y naufragios. Y luego tropecé con ella en su versión más sentida, que hiciera el gigantesco sonero Miguelito Cuní en los años 50, con el Conjunto que heredara Félix Chappottín de Arsenio Rodríguez.

Mi búsqueda fue más allá en el tiempo. Con el mar que me aleja, en la ciudad que me cubre antiguas desesperanzas, y protege la nueva ilusión con que renazco, hallé un día, como imagino encuentran los arqueólogos las huellas remotas del hombre, la versión primera de ese tema. Lo cantan Machito Grillo y Johnny López con el ya mítico Cuarteto Caney, y va envuelto en otro viento, cantado con exactitud que más parece asepsia, perfecto en el temblor de las voces que lo animan, pero sin el fuego que más tarde otros pudieron imprimirle, para que fuera en realidad el canto de nadie, el reproche de una sombra que se ahoga en un océano de dudas inexplicables.

El caso de Bienvenido Julián Gutiérrez es un caso extraño, de esos que hacen tambalear mi agnosticismo, y provocan la grieta de una duda personal en el misterio sobrehumano de este mundo. Pienso en Bienvenido Julián y se me ocurre entonces que Dios no es impalpable, que su presencia asoma en forma de estos destellos deslumbrantes, o que hay algo en el aire que busca cuerpos, mentes y corazones como el suyo, para justificar los sonidos que nadie ha podido recrear. ¿Sería ese rostro de Dios el que tuvo el compositor aquel día, a finales de 1939 o inicios del 40, cuando le llevó a Rapindey los versos enigmáticos -transidos de un aparente lirismo trasnochado- de Convergencia, ese bolero filosófico, que ningún otro músico había acertado a llevar al pentagrama? ¿Era la oscura y misteriosa mano de una fuerza mayor?

He buscado su rostro y no aparece. Creo tener una imagen del ser humano que fue, mulato de carnes breves y baja estatura. No sé dónde le he visto. En qué sueño, en qué río de mis grandes y espesas nostalgias apareció Bienvenido Julián Gutiérrez, traído por la voz de Cuní, o la de Abelardo Barroso, quien hizo suyo aquel otro canto de pena –entre la burla y el desgarramiento- titulado El huerfanito, con el que nos conmovió siempre cuando gritaba en el aire, como un aullido del viento entre las hojas de la noche: “Yo no tengo ni padre ni madre que sufran mis penas,/ huérfano soy./ Sólo llevo tristeza y martirio en el alma/ el cruel dolor/ de no hallar una mujer,/ una mujer buena,/ que mitigue las penas tan grandes que llevo en el alma/ con tierno amor”, mientras el coro de la Orquesta Sensación repite, tras cada estrofa de aparente desolación en el reclamo: “Yo no tengo padre, yo no tengo madre, yo no tengo a nadie que me quiera a mí”.

De niño, en el silencio inocente de mi casa, sonaba confundiéndome a diario ese son que Barroso llevara a cadencia de chachachá. El niño que yo fui no comprendía cómo podían cantar aquel hondo dolor con tan alegre despreocupación. Luego, cuando la vida misma me fue cercenando ramas de inocencia y he intentado entender más el alma de mi pueblo, esa creación de Bienvenido Julián me parece la muestra más rotunda de la picaresca. Y hasta me ha servido, en breves ocasiones desoladas, para desequilibrar el alma de una dama. Es la conmiseración llevada a engaño a través de la súplica, lástima que busca amor enarbolando la orfandad como un estandarte de soledad e indefensión. Ahora me hace reír con sana alegría, y más cuando recuerdo las caras de pavor que esa canción me provocara en la infancia.

Siendo presencia fantasmal, Bienvenido Julián Gutiérrez ha estado siempre rodeándome, cercándome como un animal incorpóreo. Ahora le he rescatado. Hoy sé que vio la luz en La Habana el 22 de marzo de 1900, nacido para marcar el siglo con su amplio signo. Ahora escucho la voz que nunca tuvo, recreando la otra burla de jolgorio derramado que se llama El diablo tún tún, o con la voz que le ha prestado para siempre Miguelito Cuní, que entona ese himno de veneración a nuestra patrona, la Caridad del Cobre, cuando invoca a los tres navegantes salvados por su luz imprevista y que se titula Los tres Juanes. ¿Cómo pudo labrarse la inmortalidad sin saber cantar o tocar instrumento alguno? ¿Cuál es el secreto de su fecunda inspiración, que le convertía, más en instrumento del cielo que un artista a la usanza? Para ello no tengo respuestas.

Sólo se me ocurre que todo le vino en sus inicios, con aquel coro de claves, Los Roncos, donde volaba su mente inspirada componiendo los lamentos portuarios que son el guaguancó, el yambú y la columbia. En el fragor de los repiqueteos con que los negros transmitían al espacio sus señales de vida y muerte, en la queja bronca de las tumbadoras, en el vuelo sesgado del requinto, debió encontrar Bienvenido Julián Gutiérrez los cauces secretos de las historias que fue llenando de palabras, y que luego se acomodaron, perfectas, a la sonoridad de los Sextetos y Septetos de Son.

Vivió 66 años de su siglo. En boleros, rumbas, guarachas y sones dejó una huella en nuestro mundo, más palpable que su persona física. Murió el 10 de diciembre de 1966, en la misma ciudad donde transcurrió su vida de fantasma sonoro.

Pienso en el mar que rodea la ciudad; cierro los ojos e imagino la vivencia contada en Convergencia, el bolero finísimo escrito por un negro sin estudios, a quien la inspiración le hizo trazar, con puras palabras, imágenes de geometría mortal con las que quiso cantarle al abandono y la desesperanza. Y entra Cuní, a dúo con Pablo Milanés, o Machito con Johnny López en el albor de los tiempos, y el mar se revuelve con los restos de ese desamor testimoniado. Y en el sueño que sueño, las palabras se hacen imágenes dolorosas al escuchar: “Madero de nave que naufragó,/ piedra rodando sobre sí misma,/ alma doliente vagando a solas/ de playas olas, así soy yo,/ la línea recta que convergió,/ porque la tuya al final volvió…”

Entonces se sienta, como una sombra, Bienvenido Julián Gutiérrez en el arrecife de mi agradecida memoria.

Ramón Fernández-Larrea, en Barcelona y septiembre del 2003.

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