Kabiosile

Antonio María Romeu

Como si el jugo de una palma real le bajara despacio por el cuerpo, ceremoniosa, desafiando el viento de la mañana, así sonaba el corazón elegante de Antonio María.

Pero no era una palma.

Podía transformarse también en ancha ceiba, en un laurel de encendidas hojas, en un jiquí que apretara la tierra contra el recio carapacho prieto de su madera. Daba sombra. Y de esa sombra que crecía extendida, brotaban los músicos que lanzó a mi sangre enardeciéndome.

Ya no estaba cuando le vi. Ya había partido y se había quedado. Y se metió en mi alma a través de otros rostros. Era domingo y la tarde comenzaba a enfriar su luz sobre los árboles del parque. Pequeño yo, bajo palomas soñolientas, en aquel parque de luz mortecina en mi pueblo. Y La Banda tocaba, hacía subir del pavimento un danzón lento como una catástrofe. Dulce en su flauta mágica que nos llevaba hacia el agua cercana. Y los compases de fondo, entre ríspidos y marciales del contrabajo y las pailas, ordenando descanso en el corazón apresurado de cada curioso, de cada paseante. Y el piano tenue, doblegando estrellas en su avidez de meteoro. Allí estaba Antonio María Romeu. No sé si era “Cielo azul” o “El año del cuero”. Tal vez fuera “Conversando”. Algún danzón de los más de quinientos que dictaron sus manos de alquimista.

Así fui marcado para vivir. Para que en todo remolino, nazca en la espera de mi corazón el soñoliento aire de sus manos de fuego, que va lanzando hacia delante la candencia de tigre azorado que envuelve sus danzones. Él ya no estaba allí, y sin embargo, su fantasma recorría el aire moribundo de una tarde que parecía amanecer, debajo de las campanadas secas de la retreta en mi pueblo.

Pero qué iba a saber yo, niño sentado en el asombro, que “El mago de las teclas” había nacido dos años antes de que acabara la guerra que incendió mi sitio natal. Fue el 11 de septiembre de 1876, en Jibacoa, una playa del occidente lejano. Dicen que comenzó a beber el aire de Cuba, hecho música, a sus ocho años de inocencia y desconcierto, la misma edad en que se me apareció aquel domingo. Lo hizo de la mano de un sacerdote llamado Joaquín María Martínez, y luego siguió solo, hundiéndose en las entrañas amables del instrumento. Hasta que ofreció su primer baile el 5 de agosto de 1887, en la Colonia Española del pueblo de Aguacate, cerca de donde nacería, cincuenta años más tarde, mi padre, el culpable de haberme arrastrado aquella tarde al deslumbramiento de la música delante de aquella Banda de Conciertos. Dicen que su primera creación fue una mazurca.

Qué iba a adivinar yo, enamorado entonces de la cadencia misteriosa que recorría mi pueblo los domingos, que aquel pianista culpable había llegado por fin a La Habana el 22 de enero de 1899, y que desde esa misma noche, durante once años seguidos, tocaría el piano, acompañado sólo por el nervioso compás de un güiro en el restaurante La Diana, iniciando una de sus leyendas y uno de sus cubanos sobrenombres: el bizco de La Diana, por un ojo de absorto extravío.

Él no miraba el mundo, no lo necesitaba. El universo entraba en él y brotaba luego por sus dedos.

Tampoco supe hasta muchos años más tarde, que en 1910 había armado su primera orquesta en la ciudad. Una charanga francesa, con caballeros andantes como él mismo. José Colazán en el contrabajo; el flautista Alfredo Brito; Feliciano Fachenda al violín; Remigio Valdés en las pailas y José de la Merced en el güiro. Tropa de austeros magos que grabaron sus primeros discos junto a Romeu en 1915.

Así continuó, en la invención de aires absolutos donde los cuerpos se imantaban, con decencia y candor, en un solo ladrillito, experimentando mezcolanzas entre la orquesta típica y la charanga que llevó a ser, en los ruidosos años veinte, la más popular de la isla. Hasta que el foxtrot y el Son se le metieron en las venas a los jóvenes de un tiempo distinto. Fue una guerra nada silenciosa, pero sí oculta, como de tibia desesperanza, donde él no cedió un ápice en el fervor de su creencia. Hasta la llegada de un matancero que le insufló vida a la antigua cadencia, Aniceto Díaz, “Rompiendo la rutina” en 1929, que le brindó un rostro novedoso a la penumbra seria del salón, y lo desalmidonó con una algarabía que tomaba de todos los ritmos.

Si no bastara esa magia menuda, la que impactó a un niño como yo, bajo unas hojas que ya mecían el sueño en un pueblecito rodeado por la llanura y los cerros azules, sería preciso nombrar a los otros hechiceros que se alimentaron de su sombra: Mario Bauzá en 1926, y Barbarito Diez, agregando un corazón sonoro al compás que reverbera en los cimientos de nuestra nación.

Supe también que en 1940 organizó nuevamente su orquesta y le puso un nombre ampuloso: Orquesta Gigante, donde habían crecido los vientos y las maderas. Insistiendo hasta 1946 con una inocencia incansable. Pero llegó la década siguiente y dijo adiós a escenarios y transmisiones. Yo no lo sabía entonces, y lloro desde su descubrimiento: el 18 de enero de 1955 enmudecieron sus teclas, tal vez para encontrar una dimensión diferente en el elegante delirio.

Yo lo vi aquella tarde, pequeño y burlón, organizando las luces sonoras en mi pueblo, cuando la vieja Banda, con solemnidad de domingo, espantaba palomas sobre el corazón de un niño, que entonces supo que le iba a esperar siempre la tristeza en cada crepúsculo de su identidad, en cualquier ciudad donde respirara, porque Antonio María Romeu le había dejado marcas que sólo él ve, cuando un piano enciende su galope perpetuo, bajo los árboles que cubren al mundo, y renace un danzón, como una ola, que lo acerca al esplendor de eso que llaman, como al descuido, felicidad.

Ramón Fernández-Larrea en Barcelona, diciembre del 2002