Kabiosile

Antonio Arcaño

Se sigue confundiendo con el aire. Fue viento, sigue siendo viento que hace dibujos dulces en la misma pared del otro viento. Aire de melancolía, aire solemne en el danzón. Detrás, su sangre transformándose en aire. Nunca polvo, sino una boca que enseñó cantar a las aves de la manigua, a los desamparados pájaros de la ciudad.

Y su aire, con rostros sucesivos, como el flautista que salvó a una ciudad de la negra plaga, marca mi sangre con la cadencia que ha dejado, para que todo lo nombre, con su nombre sonoro, y poder decir que el viento de mi isla tuvo un rostro: Antonio Arcaño.

Arcaño, que viene de arcano, de mago, de arca infinita. En la sombra de su último baile, el de su despedida, en la roja tierra de Alquízar, en 1958, queda sembrada una misteriosa monarquía casi absoluta, que él supo convocar más que protagonizar, porque prefirió rodearse de maravillas –maravilla él mismo- sabiendo que su corazón refulgía más si le rodeaban magos de altura. Así lo hizo cuando en 1937, más por tesón que por sortilegio, fundó su innovadora charanga, con un pequeño ejército invencible que integraban Jesús López al piano, el timbal de Ulpiano Díaz, los violines de Raúl Valdés y Elizarde Aroche, el contrabajo telúrico de Israel López “Cachao” y las manos profundas de su hermano Orestes, Oscar Pelegrín al güiro cadencioso y él mismo domando los vientos ancestrales de la contradanza que fue danzón y rito en el alma cubana.

Que nadie olvide aquellos aires. Que no se deje de saber que entre los elegidos estuvieron también Félix Reina, José Antonio Fajardo y Enrique Jorrín,  agregando semillas en aquel espléndido jardín donde Arcaño hizo levitar las flores y las abejas con el compás de su instrumento. Del eslogan publicitario que les presentaba surgió el nombre con el que pasaron a la gloria: “Un maestro en cada instrumento, y una maravilla en conjunto”, y entonces fueron Arcaño y sus Maravillas, para diferenciarse de las otras “Maravillas del siglo”, de Fernando Collazo, más que la “Radiofónica” que estrenaba diariamente un danzón en la emisora Mil Diez a partir de 1944, cuando la isla se poblaba de otros guerreros insignes dedicados a ensanchar los cauces de la música. Arcaño y sus Maravillas, un edificio de perfecta arquitectura donde nada sobraba, donde no hubo espejismos en su cuerpo de equilibrado estruendo, y donde todos seguían la luminosidad del genio individual, como en las antiguas cofradías.

Supo inventar sobre lo que parecía ya inventado, que la juventud de los hombres viene del corazón y no de las fechas. Y le dio al cubano la perfecta y alta factura del goce, cuando pudo lanzar a volar su imaginación y su cuerpo, teniendo en el viento toda una orquesta sinfónica, que no otra cosa ha sido aquella agrupación que provocó amores e hijos, fundación de un rumor nacional, una cadencia que hipnotizaba a nuestros padres y abuelos, en la serenidad de un ritmo que lleva fuego oculto y fantasía.

Para llegar a esa solidez apabullante, Antonio Arcaño tuvo que desandar todos los silbidos de un camino largo y agotador. Amenizó bailes interminables en aquellas academias de baile, tan denostadas por entonces, y sociedades de negros y blancos pobres, verdaderos hornos donde se cocía lo novedoso. Así sustituyó, una noche que abrió su infinito, al gran Belisario López en la Orquesta de Armando Valdespí, que anda en la raíz de todas las cosas. Noches de labios sangrantes con la Orquesta Gris, en Galatea, Marte y Belona o el Sport Antillano, haciendo que los cuerpos de los bailadores briosos olvidaran sus vidas reales, para encontrar otra dimensión en la ardentía de sus savias desbocadas. Un ejercicio de  ruda disciplina, en otra orquesta que interpretaba hasta setenta danzones diarios, y que se silenciaba sólo en la cerrada madrugada de una Habana misteriosa y sensual.

En los pulmones y la sangre de aquellos caballeros suyos, tan entregados al tapiz de una nueva armonía, estaban ya los ramajes del mambo y el chachachá, que son otros modos de expulsar la diabólica dulzura, marcados por los vertiginosos golpes de la modernidad. Todo un torrente que sigue el tejido finísimo de la flauta como el rebaño a un sereno pastor, como aquel que limpió a Hamelín de la oscura amenaza, y encantó luego a los niños que hallaron en el viento los sueños que querían soñar.

Le bautizaron una vez y para siempre, y casi en coña “El Monarca”, y creo que así fue, fundador de una realeza sin falsos brillos, honor a quien no solamente supo amar el sonido de su tierra, sino que lo volcó en la anchura de la emoción de sus habitantes, que vieron en ese aire el diamante que necesitaban. Cuentan que todavía su corpachón avanza ensimismado por las aceras de Centro Habana, y desde los balcones le gritan: “¡Listo, Arcaño!” provocando su réplica al grito de guerra que entraba puntual a todas las casas: “¡Dale, Dermo!”, anuncio de un jabón patrocinador de su programa durante doce años inabarcables. Una presentación de tan fina hechura que hasta el timbre de los autobuses lo imitaban para anunciar sus paradas.

Eso es la gloria, ser el viento, la magia en el rumor de un país que filtra su paisaje hasta el corazón. Antonio Arcaño, nacido el año once del siglo XX, un 29 de diciembre, y oculto desde 1994 a los ojos de quienes olvidan con facilidad, fue un pintor de esas vegetaciones y estos mares. Allá en la gloria, su eternidad palpable, que está mucho más cerca de lo que pensamos, dirige todavía la sinfonía de las esferas, y se ríe, desde su cuerpo de catedral que no envejece, oyéndonos silbar los aires que ya pasaron una vez por el fervor de su silencio.

Ramón Fernández-Larrea    en Barcelona, septiembre del 2002.